Hace poco tuve un accidente automovilístico, que si no fuera por la bolsa de aire que me protegió, hoy no lo estaría platicando. Tanto que promuevo la paz interior y afirmo que teniéndola, ninguna situación te puede sacar de ella, que esta vez me tuve que morder la lengua.

Primero el susto, luego el miedo de no saber si me había pasado algo al terminar el efecto de la adrenalina, saber que había perdido mi camioneta y después el coraje hacia la persona que se pasó el “Alto”, que además no tenía seguro ni dinero para pagarme los daños. 

Comenzó la odisea de los trámites: primero con el departamento de tránsito, luego las demandas legales, etc. Pasaban los días y yo me sentía cada vez más enojada.

Traté de buscar por todos lados la causa de fondo en mi accidente, ya que como les he mencionado en varias ocasiones, nosotros somos responsables de todo lo que nos pasa, así que quería saber por qué me había provocado algo tan terrible.

Leí a varios autores que coinciden en que todo viene de nuestros pensamientos más profundos y algunos de estos están ligados a la infancia. Es muy posible que atraigamos castigos si tenemos la sensación de no estar en lo correcto, creemos que por haber cometido un error no merecemos el bienestar. Exactamente como nos castigaban cuando no hacíamos lo “correcto” ahora nos castigamos nosotros. Eso está grabado en nuestra mente y ya es hora de cambiar esa creencia. 

Cuando nos enojamos con nosotros mismos, cuando nos sentimos culpables, cuando tenemos la necesidad de castigarnos o cuando simplemente queremos tomar un descanso y no nos damos permiso de hacerlo, un accidente es una forma estupenda de conseguirlo.

Louise Hay dice que los accidentes son expresiones de enojo, que indican una acumulación de frustraciones en alguien que no se siente libre para expresarse o para hacerse valer. Nos enfurecemos tanto que queremos golpear a alguien y acabamos golpeándonos a nosotros mismos.

Frecuentemente un accidente nos obliga a parar por completo nuestras actividades, entonces ¿qué nos está queriendo decir el universo? ¿De qué nos está deteniendo? Si nos ponemos a meditar sobre esto, la respuesta llegará sola. Si logras descifrar el motivo del accidente, te aseguro que muy difícilmente tendrás que volver a enfrentarlo, pues ya habrás aprendido la lección.

Con este choque descubrí muchas cosas. Vi que soy tan independiente que siento que la gente necesita más de mi que yo de ella y a veces hasta me estorban o siento que doy más de lo que recibo, pero nunca imaginé que con las dos manos inmovilizadas iba a depender de toda esa gente hasta para bañarme. Entendí que el que me chocó no se levantó esa mañana pensando “hoy le voy a chocar a Annette” y que si meterlo a la cárcel era mi única opción para presionarlo a que me pagara, preferí que me diera lo que pudiera y así poder dormir tranquila. Aprendí a tener mucha paciencia y me di cuenta lo controladora que soy por el simple hecho de ir de copiloto (ahora que no podía manejar) queriendo dar instrucciones como si mis caminos fueran más acertados y mejores. Perdí mi paz en varias ocasiones, pero el ser consciente de ello me ayudó a recuperarla cada vez más rápido.

Cuando te pase algo desagradable deja de pelear con el mundo, has un alto y mira hacia adentro, respira y pídele a tu Ser que te revele lo que requiere ser sanado, que te permita ver las creencias, pensamientos o emociones que guarda tu inconsciente para que les des un nuevo significado y dejen de actuar en tu contra. Recuerda que la causa siempre está en tu mente y ésta puede ser una experiencia transformadora para tomar conciencia.

Todos tus pensamientos y acciones de hoy se convertirán en tu destino mañana. Pero lo más importante de recordar es que tus acciones, palabras, decisiones y emociones son el efecto de tus creencias, de tu mentalidad y de tu identidad.

Lo que crees ser, es la causa de todo lo que vives.