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Opinión

El balón llegó por la derecha; volando suelto y perdido, algún rebote omiso de un rival. Parecía que el silencio venía atado a él como cola de papalote. Cien mil gargantas enmudecieron por la fracción de un segundo mientras el balón colgaba en el aire desentendido.

El dios ese día vestía de azul celeste y blanco, su cuerpo pequeño y bofo como un perfecto camuflaje; un cuerpo más apto para un cantinero que un deportista. Él se alzó con prodigiosa agilidad, nadie tuvo tiempo de reaccionar, el dios realizó una pequeña flexión del brazo, con la palma de la mano rozó el esférico. El balón hizo una elíptica sobre el portero y se incrustó en la red. El árbitro declaró la anotación: cien mil gargantas estallaron en júbilo.

No se trata de un partido de basquetbol ni de voleibol, mucho menos de balonmano; el gol más famoso en la historia del futbol se hizo con la mano. ¡Vaya ironía! Imagínense un “home run” salido de una patada en lugar de un batazo, una final de Wimbledon ganada con un top spin de coronilla, Michael Jordan ganando los playoffs de un golpe de cintura: imposible. Para algo así, solo el futbol. Hay deportes que son casi científicos, las cámaras y la exactitud han reemplazado al azar y a la magia, han dejado de ser juegos; en el futbol la magia aún es posible. Más que cualquier otro argumento, el futbol es el deporte más amado del mundo porque es un deporte donde todo es posible, incluso lo imposible.

Cuatro años antes de aquel gol, Argentina había perdido la guerra de las Malvinas contra Inglaterra. Una herida profunda para una Argentina que hasta hoy sigue reivindicando las pequeñas islas. Esa tarde el futbol dio una de esas revanchas por las que muchos lo han considerado como un deporte que evita guerras. Eran las semifinales del evento deportivo más popular del planeta: La Copa del Mundo. A 2,500 metros sobre el nivel del mar, Argentina e Inglaterra libraban una nueva guerra, esta vez por una gloria mayor: jugar la final de la Copa del Mundo. El escenario se prestaba para grandes proezas; 17 años antes ese mismo estadio había presenciado el campeonato de quien muchos consideran el mejor jugador de la historia del futbol: Pelé. Pero ese 2 de Julio de 1986, el otro mejor jugador de la historia se acababa de convertir en justamente eso.

Fueron sus dos goles los que dieron el triunfo que vengaría las Malvinas. El primero de ellos, el mejor gol de la historia, el segundo, aquel con la mano, el más famoso. La guerra había demostrado que los ejércitos del mundo en desarrollo nunca podrían rivalizar con las potencias, pero esa tarde el futbol se probó a sí mismo como un entorno más justo y legítimo para resolver las querellas internacionales. El futbol es el único deporte en el que cientos de naciones compiten en el más alto nivel, este deporte es la única cosa que importa en la que los países en desarrollo pueden competir de tú a tú con las potencias e incluso ganarles. Por eso es el desahogo de tantas naciones, por eso hay tanto en juego en cada partido; las guerras ahora se definen entre las líneas blancas de un césped, las guerras modernas duran 90 minutos.

Hoy el futbol abre la posibilidad a lo improbable. Un nuevo héroe busca alzarse para darle una alegría a un país sumido en una perpetua crisis. Si en economía y política Argentina dejó de ser potencia, hoy renace la esperanza de que el futbol le brinde un aliciente a su maltrecho ego. Para ello, un jugador diminuto y tímido tendrá que convertirse en un monstruo, en un dios. La gloria de Argentina depende de la gloria de Messi. En la antesala de la historia los espera otro histórico, otra leyenda-inmediata, el equipo que destrozó a Brasil en su Mundial. Todo puede pasar y es por eso que amamos el futbol.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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