Estamos en un futuro apabullante, y me refiero a este presente, 2022. Vivimos de manera frenética, en una pandemia que sólo sigue y sigue, en un momento volátil económicamente que, en lugar de darnos certezas, nos amenaza constantemente con quedarnos en la quiebra, entonces ¿qué vendrá después?

Ya ni siquiera me refiero a dentro de una década, ¿qué vendrá dentro de un año? Y hablo como sociedad, ¿cuáles serán los intereses en la realidad?, ¿qué seguirá siendo arte?, ¿qué nos continuará motivando e incentivando como personas?

Porque ahora mismo, David Cronenberg nos arroja una película que nos enfrenta a una idea que podría parecer futurista, pero la verdad es que sus premisas ya suceden en este tiempo, que es convulso y donde pocas cosas nos sorprenden.

Crímenes del futuro expone que, dentro de algunos años, los humanos comenzaremos a mutar, a tener variaciones genéticas, que producen, a su vez, órganos nuevos, funcionales, que bien médicamente se podrían diagnosticar como protuberancias, quistes o abscesos, un cáncer cualquiera, pero que en lugar de estudiarse con fines académicos, se exploran de manera artística.

Aquí es donde entran nuestros protagonistas. Saul Tenser (Viggo Mortensen) ha desarrollado con el paso del tiempo varios órganos al interior de su cuerpo, y no es una cuestión voluntaria, pero se percató, que hay un morbo intrínseco en las personas de querer saber más de él como “fenómeno”, entonces, vio un nicho de oportunidad, porque junto a Caprice (Léa Seydoux) hacen las operaciones de extracción, que han convertido en performances en vivo.

No suficiente, Caprice antes de hacer el procedimiento quirúrgico, tatúa los órganos con utensilios periscópicos, lo que le añade dramatismo e impacto a cuando hacen esta especie de teatro mórbido, del que varios de sus espectadores se sienten fascinados, al punto del placer.

“La cirugía es el nuevo sexo”, le expresa Timlin (Kristen Stewart) a Tenser al oído, una vez que termina uno de estos rituales; el fetiche y gusto por la laceración está presente en la mujer y no sólo en ella, sino en decenas de masoquistas que también acompañaron a estos proclamados artistas del performance, pero ¿qué esto no es parte ya de nuestra realidad?

Cronenberg sabe escarbar bien en la psique humana, exponer nuestros horrores y hacerlos latentes en el séptimo arte; si bien este largometraje puede causar escozor en el público común, y pese a que podría catalogarse como ciencia ficción (que sí lo es), el cineasta canadiense nos empuja a un paso más allá.

Es como cuando de niños, los adultos nos obligaban a experimentar sensaciones que nos parecían una aversión, como acudir a una corrida de toros, o probar una verdura desagradable, lo mismo hace este director, nos avienta a un hecho perverso: que los seres humanos, en mayor o menor medida, somos depravados por naturaleza.

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