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Opinión
Índira Kempis

Alguna vez sugerí que en esa calle y ese paso peatonal debía haber reductores de velocidad. Caso omiso. En algún momento pensé, siendo usuaria habitual de ese espacio para cruzar la calle, que en algún momento, una tragedia podría pasar. Y, efectivamente, pasó.

Un automóvil, patinó, golpeó un poste y éste al caer sobre la cabeza del transeúnte, le causó la muerte. Escena mortal la que se vivió en el centro de Monterrey, ante el asombro y preguntas sobre por qué de esa manera tan violentamente “fortuita”.

Sin embargo, nada es producto de la casualidad cuando el diseño físico de los espacios públicos donde hacemos la vida no están planeados ni implementados para ser saludables, accesibles, sustentables y, sobre todo, seguros para hacer de nuestros traslados algo mucho más amable.

Lamentablemente, las condiciones de las calles por donde caminamos se han vuelto cada día más deplorables al punto de que en cualquier banqueta rota, poste mal puesto, cables expuestos -“deloquesea” y algunos hasta inservibles-, coladeras sin tapa… Y una serie de faltantes en infraestructura para los caminantes que hace que este acto antropológico y biológico de caminar en una proeza que puede dar como resultado un atentado contra nuestra integridad física.

Entonces, algo que parece tan inofensivo como esos “pequeños” defectos son en realidad obstáculos gigantes que pueden ser mortales.

¿A quién le reclama la familia del joven de 27 años que sin deberla ni tenerla estuvo en las circunstancias alimentadas por la adversidad, la negligencia, la omisión y la ineficacia de quienes se supone deberían velar por el diseño de espacio en la ciudad?

Tema recurrente es el de los pasos de la muerte en toda la Zona Metropolitana de Monterrey en donde abundan casos en donde la integridad física se ve limitada por estas “imperfecciones” que deja. En manos del azar, suerte o destino la vulnerabilidad de la vida humana.

Mientras otras ciudades en el mundo están haciendo todo lo que pueden por asegurar la calidad y la dignidad de vida de los habitantes para que sus movimientos sean menos riesgosos, tal parece que aquí la apuesta es mínima e invisible.

La tendencia es clara en el sentido de qué hay que crear una ciudad humana que permita que nuestros desplazamientos a nivel de calle no nos pongan en peligro. Entre menos pasos de la muerte y más pasos para el respeto de la vida humana, habremos ganado no sólo en civilidad sino en la garantía de que las urbes no deben ser hechas a medida de tránsitos inseguros. Sino, al contrario las calles, los espacios públicos, las banquetas, ahí donde hacemos la colectividad tendrían un sentido de ser usados con la libertad y la confianza de que no tendrás un “accidente” que bien pudo prevenirse o evitarse.

Digamos no a los pasos de la muerte.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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