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Opinión

El piso no está parejo. Las mujeres en México apenas hace unas décadas pudimos votar. “En las elecciones del 3 de julio de 1955, las mujeres mexicanas acudieron por primera vez a las urnas a emitir su voto, para elegir a los diputados federales de la XLIII Legislatura”, enuncia la historia en el sitio de Internet del Gobierno de México.

Si hacemos cuentas, tenemos apenas 65 años que tuvimos el derecho a decidir en la vida pública de país. Por eso, no son fortuitas las fotos de hombres, en su gran mayoría, tomando los espacios de poder público. Las luchas, las mujeres que alzaron la voz al llegar al poder, los hombres que se dieron cuenta de las desigualdades, una historia que se hizo para escribir la nueva: Un México con nosotras.

Gracias a esa búsqueda, se aprobó la reforma política del 2014, con ella un resultado nunca antes visto en el ejercicio de nuestros derechos político-electorales para la continuidad del futuro que anhelamos: ser votadas. El primer Senado paritario de México está conformado por las respuestas en todos los estados a: ¿quién es la mujer que debe ser la candidata? De ahí que, por ejemplo, mi historia no sería la misma de no ser por esa lucha social y legislativa que ahora me hace, junto con mis aspiraciones, la única senadora de Nuevo León en la actual Legislatura.

¿Qué sigue? Esa pregunta se la hicieron defensoras de los derechos de las mujeres como Kenia López Rabadán, Malú Mícher, Patricia Mercado, Wendy Briceño, Martha Tagle, por mencionar a algunas de las legisladoras que han sido protagonistas y líderes en romper “techos de cristal”. Sin importar los partidos políticos, nos inspiraron y pusieron los argumentos jurídicos sobre la mesa para la discusión con nuestros pares hombres, aliados en hacer acuerdos para la trascendencia de México.

Después de la aprobación de esta gran batería de iniciativas que culminaron en una reforma constitucional, hoy necesitamos que se armonicen y homologuen las leyes locales. Ante el escenario electoral del 2021, en medio de una crisis dolorosa para la gente en términos económicos y sanitarios, requerimos que se abra el debate y se entreguen los votos en 21 congresos locales del país.

La premura no debe ser factor de riesgo de decisiones a ultranza de otro tipo de negociaciones. Requerimos en este tiempo contrarreloj que se ponga la lucha histórica de las mujeres al nivel del futuro de la democracia.

La representatividad justa de mujeres y hombres, así como procesos electorales libre de violencia para las mujeres, deben ser garantía. Quienes conformamos el Congreso de la Unión, en ambas cámaras (Senadores y Diputados) logramos llegar a un consenso que sobrepasara cualquier tensión política, ¿será que las y los legisladores locales van a estar a la altura de la exigencia histórica de los pisos parejos para alcanzar la plenitud en el ejercicio de nuestros derechos político-electorales?

La respuesta en la mira está en ese listado de estados de la República (en la cual se encuentra Nuevo León, por cierto) y el debate está abierto no sólo para las mujeres, también para los hombres que, por cierto, son los que más ocupan cargos como coordinadores de Bancada o dirigentes de partidos políticos en este país.

Estoy segura que los votos que refrenden abrirán caminos para que las niñas y los niños aspiren a una justa representación en la democracia y a la igualdad de oportunidades que deberíamos tener para votar y ser votadas. Esa es la gran deuda pendiente.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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