El desencanto tiene pruebas inadmisibles. No es contagio. A mis escasos años y con las experiencias de otros, acepto francamente que México dista para muchos de ser una tierra fértil para las oportunidades, los talentosos y la calidad de vida digna. 

Por supuesto, tiene áreas de oportunidad a la que los más idealistas, trabajadores y soñadores nos hemos aferrado como quien se mantiene a flote en salvavidas. 

Mi madre me decía que si tan sólo se valorara la riqueza cultural, biológica y gastronómica de México, este país sería otro. En ese “si tan…” hay una moneda aventada a la “suerte” de cada habitante. 

También, me ha tocado despedirme desde mi infancia de amigos y familiares que decidieron que el salvavidas no servía, que es demasiado frágil y que más valía irse a tiempo. 

Mis primeras despedidas las recuerdo con tristeza, ¿qué tal si tienen razón? Muchas veces me hice esa pregunta. Porque tal parece que amarrados a los monopolios de poder político y económico, hay un letrero grande que grita: “En México, no”. 

En medio de la clase media baja que significó mi infancia, entendí cuánto esfuerzo se necesita para lograr la sobrevivencia. Muchos se quedaron en el camino y no por falta de ganas, de entusiasmo o de disciplina. Simplemente, porque las oportunidades son escasas.

¿Tendría que ser esto una faena cansada? Alguna vez un empresario se quejaba amargamente de los jóvenes que se dedican al narcotráfico. 

“Pero es que podrían conseguir una beca, estudiar, echarle ganas”, ¿cómo le explico, señor empresario, que si bien la cultura del esfuerzo es imprescindible, en este país no basta con “echarle ganas”? La motivación se acaba cuando ningún esfuerzo válido culmina en resultados que te devuelvan la esperanza. 

Soy de esa generación que nació en la crisis, que vive en la crisis y que parece que su destino es seguir sorteando la crisis. Educados, pero sin empleo. Empleados, pero sin derechos. 

Seguros solo de la incertidumbre. Incrédulos de las promesas de cuanto político enarbola. Desconfiados ciegamente porque nos han enseñado que el que “no tranza no avanza”, y cruzados de brazos porque “aquí es así”. Ni modo. 

Creo que por eso los mexicanos inventamos los memes más chistosos. Como un ejercicio de autocrítica constante, del “todos contra todos” porque no hay nadie que salga vivo. 

Eso no es opinión, lo desnudan cuantos estudios nos han hecho: falta de participación cívica, ausencia de educación formal, comportamientos no éticos para hacer negocios, entre otra lista larga. 

Por eso, candidatos y candidatas, por ese juego de amor-odio con el que hemos vivido tantos años y que la clase política se ha encargado de “meterle más leña al fuego”, es que apelamos a un cambio sistémico. 

Por cada mexicano que ha huido y que no encuentra oportunidades es que no estamos dispuestos a seguir simulando la fantochería de la automotivación. 

Somos, sin duda, corresponsables. Nosotros lo sabemos por obligación moral, ustedes deberían asumirlo porque, además, si ganan será su obligación legal. 

Con o sin partido, hombres o mujeres, de derecha o de izquierda. En este momento a la mayoría de la ciudadanía es lo que menos le importa. Le importa que ustedes dejen de ser parte de nuestro desencanto diario. Que entiendan que lo público, como dice mi amigo Antanas Mockus, es sagrado. 

Sagrado, se los repito. Y como sagrado que es, debe generar esperanza, confianza y credibilidad en un país que lo tiene todo “si tan sólo”. 

Se terminaron las elecciones, pero no su responsabilidad. Aprenda que la obligación de los políticos, ganen o no ganen elecciones, es reivindicar a la política, ejercer liderazgos colectivos de transformación y conciencia, inspirar para la transformación. 

Para ustedes, también, el día más importante no es el de la elección, sino el día después de la elección. Porque si de algo estamos hartos es de pagar facturas de los errores de unos cuantos. 

Posdata, acuérdense de reciclar sus materiales de campaña, si no saben qué hacer con ellos, en esta columna están mis datos de contacto.