Entre la escritora Elena Poniatowska y Martha Palencia, directora del Instituto Municipal de la Mujer de Durango, han puesto a los cuerpos gordos como blanco de lo indeseable, pero que existe.

Ambas se defienden de lo que las hizo virales y más famosas de lo que son -porque incluso a Elenita más de un millenial la identificaba como amiga de Andrés Manuel López Obrador y nada más-.

La Poniatowska ha aclarado que su trabajo con las mujeres juchitecas pesa y que no lo dijo con afán de ofender.

Martha, en cambio, se anticipó a la “estocada” que haría con sus palabras: “a las cosas hay que decirles por su nombre.

No se trata de hacer sentir mal a las gentes, pero sabemos muy bien que los gorditos no son felices”.

Este tema se complica aún más cuando se hace referencia a las mujeres o, como en el caso de la escritora, a mujeres indígenas.

En esta ola de indignación fácil y mediática nos hemos acostumbrado a la ofensa inmediata.

Incluso, hay grupos feministas que catalogan este tipo de prejuicios como discriminación por algo que se ha denominado “gordofobia”.

La obesofobia es el miedo o desagrado exagerado al peso propio y de otros. En resumen, que nos resulta “asqueroso” el exceso de peso.

Algunos acusan que eso es lo que estamos viviendo ante tantos comentarios que reflejan una sociedad que se afana por los cuerpos perfectos -que no es lo mismo que sanos-.

Esto sin contar el clasismo que hay detrás de esto. Porque la imperfección está relacionada a comer mal, ¿quiénes comen mal en estos tiempos?

Adivinó, ¡los pobres! Los que no pueden darse el lujo de ir al nutriólogo, comprar lechuga orgánica y comer salmón (lo exagero para que entiendan, pero tampoco estoy diciendo que sea así en todos los casos).

Es más, son los pobres lo que se emborrachan con alcohol “barato” o que a fuerza de refrescos y tortillas llevan un menú alejado de los tiempos en donde los frijoles y el agua simple eran costumbre en todas las casas mexicanas, incluyendo las de los ricos.

La comida industrializada tampoco colabora en cambiar esa realidad en cualquier clase social.

Conversando con algunas personas que conozco y que saben de nutrición, la mayoría concuerdan que si algo está haciendo que el número de enfermos por obesidad -entre ellos infantes- es la facilidad, lo económico y lo gravemente industrializado que resultan los alimentos en México.

De poco han servido iniciativas de restricción de comida chatarra en las escuelas o los impuestos a los refrescos.

Entre los hábitos de los mexicanos ya anida el de “agüita negra de cola”, la comida rápida o el exceso de alimentos que no necesitamos o que rebasan las calorías que requerimos al día.

Ni Elena ni Martha se equivocaron. Somos un país de gordos y de panzonas. De gordas y de panzones.

Tampoco se trata de vincularlo a un clasismo escondido que ambas evidenciaron también.

Esta manía de esto está “bien” o está “mal” no en función del análisis sino de tener o no tener dinero.

Y hoy, lamentablemente en nuestro país, entre contaminación, lejanía de centros de trabajo y vivienda, costos elevados de la comida nutritiva, entre un sin fin de factores, estar sano -que no es lo mismo que ser delgado- es un reto no sólo titánico sino que hasta parece de clase social.

Nuestros ancestros no eran así, ahí sí tiene razón Elenita. Está demostrado lo atletas, guerreros, la fuerza corporal que nos caracterizaba.

Más que preocuparnos sobre lo que estás mujeres dijeron o no dijeron, deberíamos ponerle atención a las políticas públicas de salud y la seguridad alimentaria que debería estar generando debates sobre nuestra salud física colectiva, no sobre nuestra apariencia.

Ahí como país nos hace falta demasiado.

Porque no es normal este despunte de obesidad que trae como consecuencia enfermedades de dañinos impactos.

Lejos de cualquier clasismo, habría que repensar en términos no de ser esbeltos, sino de salud pública.

Ahí el reto.