La elección del presidente del Comité Municipal del PAN Guadalajara, el pasado 2 de noviembre, dejó en claro que la crisis por la que atraviesa la militancia panista está lejos de resolverse.

Y deja patente las prácticas sucias y los malos manejos de las mayorías en los procesos de selección. Estrategias que el PAN se dedicó a pulir en los últimos 20 años y que motivaron su actual resquebrajamiento como fuerza política en Jalisco y en México.

Mucha expectativa había sobre la elección de presidente de partido de municipios como Guadalajara, con una militancia activa de más de 4 mil 500 personas, una de las más grandes del país. 

Al final solo se registraron aproximadamente 2 mil 900 panistas; de esos, 700 no se presentaron a la elección.

Algunos atribuyen que el gran error de la elección vino de la Comisión Electoral del partido, que dilató hasta seis horas el proceso de votación por mala logística, y eso motivó que muchos panistas decidieran retirarse.

Otros refieren que estratégicamente hubo una retirada de simpatizantes de Irving Ávila, que no vieron condiciones para su triunfo en la segunda vuelta.

Pero la decisión de quién encabezará al partido para la elección del 2015, ahora está en la cancha de lo estatal.

El presidente Miguel Monraz debe decidir entre reanudar el proceso de elección y terminar la segunda vuelta de votos, nombrar un delegado o extender el periodo de presidencia a Carlos Tiscareño, actual líder de los panistas tapatíos. 

El primer escenario enfrentaría a Monraz con el senador José María Martínez, ambos padrinos políticos de Irving Ávila y Juan José Sánchez, respectivamente. Estos dos contendientes encabezaron las preferencias.

Las otras dos opciones de Monraz dan pie al “dedazo”, que muy al estilo de los políticos locales podría ser matizado con el término “unidad” que tanto les gusta usar.