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Opinión
Puntos sobre las íes

Miguel Ángel Osorio Chong está enojado y en franca rebeldía con el presidente Enrique Peña Nieto y con el partido que le viene arropando su carrera política desde 1991.

El secretario de Gobernación se resiste a aceptar que José Antonio Meade ya es el candidato, y desafía la autoridad presidencial que ha tenido que invocar a su fuerza para exigirle estar presente en los actos cruciales del postdestape.

Osorio Chong sentía que la candidatura presidencial del PRI ya era suya. Que el ser el puntero en las encuestas entre los priistas le daba un pase automático a la boleta presidencial 2018. Pero no fue así.

Su falta de lealtad con el inquilino de Los Pinos acabó por descartarlo del juego sucesorio, en donde aún busca incluirse en una posición clave en el partido o en el comité de campaña.

Pero su perfil está contrapunteado con la imagen ciudadana, de novedad electoral, que intentan imprimirle a la campaña presidencial priista.

Tendrá que recoger ahora la cosecha de odios que durante cinco años sembró en contra de casi la mayoría de los miembros del actual gabinete, desde Videgaray hasta Cienfuegos.

No concibe que “los aprendices del ITAM” le ganaran la partida. Tampoco acepta que conforme se arma el rompecabezas se confirma la tesis de que desde Bucareli se operó, a contracorriente del PRI, el fracaso electoral del 2016, que pretendió escriturarle a su rival político Manlio Fabio Beltrones.

Ni qué decir que Osorio Chong ponga hoy al partido de su propiedad, Encuentro Social, al servicio de Morena.

Menos puede digerir que en la recta final se hayan disparado todas las estadísticas de inseguridad que instalan al actual gobierno como uno de los peores, solo superado o empatado con el sangriento sexenio del panista Felipe Calderón.

Ni qué decir de los “peros” que le endosan los servicios de inteligencia norteamericanos, que cuestionan su efectividad, por decir lo menos.

Osorio Chong está consciente de todo eso. Pero desde que un día le arregló al entonces gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto un conflicto irreconciliable con el gobernador veracruzano Fidel Herrera, siente que el actual presidente le escrituró su alma. Calculó mal.

Ahora el sistema se apresta a tener listos sobre la mesa dos o tres asuntos cruciales que neutralicen su ira. Como el desenlace del caso Odebrecht, para que no se repitan los desaires, como el de no asistir al evento oficial del quinto año de gobierno.

Porque aunque es cierto que Meade ya fue destapado, el camino a su legitimación como candidato oficial a la presidencia no se cierra sino hasta febrero.

¿Tendrá el presidente que recurrir reiteradamente a la fuerza, como ya lo hizo, para conminar a su subalterno a la disciplina?

¿O frente a la rebeldía se verá obligado a asumir alguna medida más contundente y radical para impedir que le descarrilen el Proyecto Meade?


* Esta opinión no refleja la del periódico

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