Nos encontramos frente a una de las coyunturas económicas más complejas de toda la historia en Estados Unidos y a nivel mundial. La pandemia del COVID-19 trajo consigo daños colaterales a la economía estadounidense, debido a un paro total de la actividad económica entre los meses de marzo y abril.

El último dato sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) estadounidense arrojó una contracción de 32.9 por ciento a tasa anualizada, se trata de la peor caída desde la Gran Depresión.

Esto fue consecuencia del freno que tuvo la actividad económica a causa del confinamiento, donde se afectaron principalmente sectores como el restaurantero, turístico, entretenimiento, entre otros.

En el mes de febrero inicio una oleada de ventas en el mercado accionario de Estados Unidos, los tres principales índices sufrieron en promedio caídas del 35 por ciento, en aproximadamente un mes por los temores de las repercusiones que podría traer a la economía los efectos del COVID-19, una caída desde nuestro punto de vista normal porque se avecinaba un escenario recesivo que, a reserva de la presencia de esta pandemia, ya se avecinaba desde 2019.

A mediados de marzo los encargados de la política monetaria en Estados Unidos a cargo de la Reserva Federal anunciaron un recorte drástico en la tasa de interés del 1 por ciento para ubicarla del 1.25 por ciento al 0.25 por ciento, una medida que se sumó a una inyección de más de 3 billones de dólares e incentivos por parte de la política fiscal como subsidios a empresas y ciudadanos estadounidenses mediante cheques.

Estas medidas agresivas por parte de la política económica inundaron de liquidez a los mercados y el efecto fue una subida irracional de las bolsas, que desde el 23 de marzo llevan una ganancia de más del 50 por ciento, un rally sin fundamento y solo un reflejo de un escenario de codicia donde muchos inversionistas están cegados de la realidad económica.

Si bien las bolsas de valores no son la economía, sí son un indicador de ella. Aunque observamos una leve recuperación de algunos indicadores entre mayo y junio esto fue efecto de la reapertura parcial en algunos estados de la Unión Americana, sin embargo, la economía sigue en un terreno complicado. El último dato de las nóminas privadas y los de subsidios por desempleo siguen mostrando debilidad.

El riesgo latente es el tema sanitario, ya que la curva de contagios en Estados Unidos se sigue sin aplanar y a nivel mundial algunos países han presentado un número importante de rebrotes del virus.

Además, hay otras variables que parece que los inversionistas están ignorando y estas son el creciente déficit fiscal y el nivel de endeudamiento que sí son motivo de preocupación, e incluso la agencia Fitch degradó la perspectiva de la calificación soberana de Estados Unidos de estable a negativa.

Los inversionistas siguen eufóricos en un mercado que sube de manera irracional, esperando más dinero regalado y haciendo caso omiso a los choques que se presentarán en un futuro no muy lejano, a esto le sumamos el conflicto con China y las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, una ecuación que traerá consecuencias fatales en los mercados.