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Opinión
Índira Kempis

Hace casi una década diversos estudiantes universitarios de la Zona Metropolitana conformamos un movimiento estudiantil a favor de la no violencia y con una postura negativa y firme de la guerra contra el narcotráfico.

¿Los motivos? Habían asesinado y desaparecido de manera forzada a cientos de jóvenes en la ciudad. Algunos más visibles que otros, pero inevitable fue la indignación de nuestra generación al ser testigos y hasta protagonistas de la angustia constante por la que estábamos pasando como habitantes de Nuevo León.

Una vez que la violencia nos expulsó de las calles y nos hace encerrarnos en las casas como si fuéramos delincuentes, algunos jóvenes tuvimos el valor civil de no permitir tal encierro y salir a defender nuestros derechos.

Pasaron años de ese momento crucial en el que nos rebelamos. Por eso quizá a donde fuimos a parar llevamos la herida abierta de conocer de primera mano las consecuencias negativas de la violencia, la delincuencia y el terror que representan para una sociedad lastimada en sus raíces por la impunidad y la corrupción que son las que hacen crecer a todo lo demás.

El problema es que… En algún momento, pensé que eso serviría para que no volviéramos a pasar por ahí. Abiertamente nos reconocemos como sobrevivientes de esa guerra. Y, por supuesto, que lo fuimos. La libramos. Estamos aquí para contarla.

Sin embargo, últimamente veo que como si fuera una pesadilla de la que no hemos despertado, los ríos de sangre vuelven a correr por aquí. Pero, ¿por qué? Si yo he visto a tanta gente movilizarse y hacer diferentes esfuerzos desde lo público y lo privado para que no sea así.

Pero esto es como un viaje al pasado, en donde cada noticia de balaceras, secuestros, asesinatos, es como si estuviéramos hablando de hace años. Qué dejamos de hacer o por qué… Muchas preguntas, pocas respuestas.

Lo que me queda claro es que no debemos ni podemos acostumbrarnos. Si es que hay que volver a poner el debate sobre la mesa lo debemos hacer. Que, para variar, estamos en pleno proceso electoral. Al que se le achacan estos sucesos pero que nadie puede comprobar que eso sea así y sea por eso.

La Organización de los Estados Americanos ya levantó una alerta, por cierto, porque desde precampañas hay también asesinatos de candidatos. Un muerto por cada 4 o 5 días.

Así las cosas que no deben suceder. Debemos frenarlo porque no es posible que no aprendimos la lección más dura por la que el norte de Mexico, sobre todo, ciudades como Monterrey, Reynosa, Tijuana o Ciudad Juárez: la de llevar con nosotros el olor a muerte… El olor fétido a muertos.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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