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Opinión
Índira Kempis

“Mi nombre es Ana Lizbeth Polina Ramírez, tengo ocho años, estaba jugando afuera de la oficina de mi mamá mientras ella trabajaba, un hombre me abordó y me raptó. Mis papás estuvieron buscándome, por lo que las autoridades emitieron la alerta Amber. Dos días después encontraron mi cuerpo tirado en un lote baldío. Me habían asfixiado, torturado y violado.

“Mi agresor es un expolicía de Monterrey, tiene antecedentes penales por crímenes sexuales y dos ordenes de aprensión por haber abusado sexualmente de varias niñas, ahora se encuentra sentenciado por mi secuestro y feminicidio a 190 años de prisión”.

¿Escalofriante? Sí. Bastan dos segundos de ponernos en el lugar de esas niñas, de las mujeres víctimas y de sus familiares para entender que es gravísimo y triste lo que está sucediendo en todo el país

Nuevo León aparece en la lista de los estados más riesgosos para ser mujer. Las cifras no mienten, en el primer trimestre de 2019 ocupamos el quinto lugar en feminicidios (asesinato por razones de género) y 9 de los municipios aparecen en la lista de los 100 en los que más se cometió este delito.

Asimismo, según datos de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León en los primeros cuatro meses del año suman 4 mil 519 denuncias por violencia intrafamiliar.

El acoso, la violencia y el feminicidio tiene consecuencias graves para las víctimas y sus familiares, pero también para la sociedad en la que vivimos. Cada cifra tiene nombre y apellido. Lo que menos podríamos ser es indolentes ante la complejidad de este problema público.

El próximo 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un día que, personalmente, aspiro a que desaparezca. Que no haya necesidad de recordarnos lo dura que es la realidad para las mujeres en México.

Desde hace algunos días he emprendido una campaña de sensibilización: #digoNO y espero que esta agenda sobre un problema público que nos afecta pueda tener mayor eco en una sociedad que parece no importarle, pero que a todos -incluyendo a los hombres- nos afecta.

Tendríamos que resolver con nuevas maneras. La experiencia nos dice que las instituciones y las autoridades están rebasadas. Nos queda el hambre de justicia, pero sobre todo, una búsqueda común porque las niñas y las mujeres dejemos de estar en constante riesgo.

Que redoblemos esfuerzos porque nos necesitamos vivas. Para que dejemos de sentir cada vez que estamos solas en un lugar o que caminamos o que vamos al trabajo, que debemos cuidarnos sólo por el hecho de ser mujeres.

Sí, nos están matando como a Ana.

Y le decimos un NO rotundo a conformarnos a eso.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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