…¡se cambia de casa!

Siempre que dicto la Conferencia El Reto del Ahorro dejo una tarea: “revisa tu armario, ropero, clóset o donde guardes tus “chivas” y checa cuántas cosas tienes que ni recordabas; es más, puede ser que, en el colmo de los colmos, te encuentres con algo ¡sin estrenar!

Es casi imposible llevar un inventario de todo lo que tienes en tu casa y tal vez sea hasta ocioso, pero lo que es una realidad es que muchas personas somos gastadoras profesionales por el puro impulso y la calentura del momento y llenamos lo que nos pongan enfrente.

El siguiente paso en la mentada tarea es que una vez que te diste cuenta de tus “sobrantes”, los cuantifiques para que sufras un colapso nervioso. Y no lo digo de broma, sino que en la realidad me he encontrado con gente que al hacer el ejercicio cae en cuenta de que sus deudas serían cero si no hubieran gastado en lo que no necesitaban.

Sé que poca gente sigue la recomendación que hago, pero entonces llega el momento de preguntar a los asistentes quién se ha cambiado de casa. Obviamente siempre hay personas que al menos una vez en su vida se han mudado. Acto seguido, les pido que narren su experiencia en cuanto a la cantidad de cajas y cajas que llenan con porquería y media que ya no quieren conservar. Otra vez la pregunta: ¿Cuánto gastaste en eso que se va a ir a la basura? (algunas personas con mayor conciencia lo regalan a casas de asistencia).

El chiste es que suma cientos y hasta miles de pesos todo lo que desechamos. ¿Habías reparado en eso? Recuerda mi frase de que “si te sobra la lana haz lo que se te pega la gana”.

La falta de conciencia obedece al largo plazo, es decir que, como dice la sabiduría popular, “poco veneno no mata” y así al ir adquiriendo chunche tras chunche al paso de los años, ni cuenta te das de lo que gastas. Y lo más importante de todo es que más que gustos son simplemente gastos, pues si todo lo que compras lo disfrutaras, al menos valdría la pena el despilfarro, pero no, insisto en que son impulsos neuronales los que me hacen vaciar la cartera.

Y luego nos quejamos de que “no hay dinero que alcance”. Pues no, ni lo habrá si continuas con esa falta de disciplina financiera.

No digo que no gastes, sino que lo hagas en función de una asignación previa de lo que debe destinarse a lo que yo llamo “gasto libre”, es decir, que puede ser incluso un capricho de compra pero siempre con plenitud de conciencia.

Recuerda: “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.