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Opinión
Nacional
Índira Kempis

He escuchado hasta “técnicos graduados de Harvard” -suena a cliché- determinar como si fuera una consigna que la bicicleta en Monterrey no funcionaría. Les doy la razón en tanto seguimos teniendo esta ciudad que se come a su paso cualquier intento de alterar el estatus quo de su modelo catastrófico de ciudad igualmente avalado por ciudadanos, por políticos o por estos técnicos que han pisado la función pública.

¿Es la zona metropolitana de Monterrey un caso perdido?

Les escribo desde Ámsterdam, Holanda. En donde parece sencillo como complejo salir a la terraza y ver la organización de la calle: banqueta amplia con biciestacionamientos + ciclocarril + carril exclusivo para transporte público + carril vial + banquetas + cruces seguros a nivel de piso.

Esto no es Photoshop. Está lloviendo. Entonces tampoco es el clima. Pero como leyó, dentro de esa configuración hay un espacio reservado para los ciclistas.

¿Es difícil? No debería si hacemos visible algo que al menos desde pequeña observo en la realidad de las urbes de todo el país. Eso que pocos ven.

Por ejemplo: Mi primer negocio fue un puesto de dulces en la vecindad donde vivía, ¿para qué lo hice? Para comprarme una bicicleta que mis papás me habían dicho que no podían comprarme. Porque hablar de infraestructura ciclista es empezar por cuestionarnos sobre cuántos habitantes pueden o no adquirir una y que no sea sólo de uso recreativo o deportivo.

Nos tocó una balacera. Pero era tanta la libertad que yo sentía al escapar de las balas pedaleando cada vez más fuerte. ‘Anacleta’ fue mi primer bici con la que cofundé Biciernagas. Un colectivo de ciclismo urbano en San Pedro Garza García. Que, por cierto, en algún momento nos quisieron aprehender por circular como vehículo y no en “los parques” como se supone que las leyes y las buenas costumbres nos han hecho creer.

Aprendí a llevar mi letrero de “soy suicida”, sin importar frío o calor, en esas avenidas de autos que comen. Todavía me acuerdo de levantar mi celular que se me había caído en plena Avenida Constitución y ver venir hacia mí un auto. Todo por querer ahorrarme un transporte tan caro como es el de esta ciudad.

A Mazapán -mi segunda bici- y Anacleta tuve que venderlas para ayudar a una persona. Recuperarlas tomaría su tiempo.

Me lastimé… Y entre eso y excusas, tiempos cortos y caminos inexistentes he dejado de moverme en bici. Hoy estoy en un lugar donde cada vez menos gente aspira tener un auto. Ahí en donde “tener cuidado con una bicicleta” es el riesgo máximo y en donde los autos tienen sólo un carril.

A estas alturas, con anécdotas propias, eso quiere decir que en la ciudad sí hay bicis, sí existen ciclistas urbanos, que no toman esos vehículos no motorizados como una bandera de la ecología, la izquierda o la revolución, sino que lo hacen por necesidad. Que quizá no le conviene al mercado y al Estado verlos, pero que eso no significa que no existan los 20 mil viajes diarios en bicicleta en el área metropolitana de Monterrey.

Estamos en una grave crisis ambiental, política y social que ya no permite hacernos más de lo que ya somos. Esa es la realidad y ya no se trata si se quiere o no o si incluso se vuelve a empezar después del proyecto fallido de la ciclovía de San Pedro, ahora pasada al olvido. Es urgente atender una demanda que no nace de la sociedad civil, sino de esos obreros que recorren los municipios para ahorrarse un pasaje.

En bici… Siempre quise ir a casa de mi abuela en bici. Aquí en Ámsterdam hay muchas, junto con sus caminos seguros para llegar a cualquier parte. Incluso con esta lluvia.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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