Desde lo urbano, me he preguntado en diversas ocasiones por qué las demandas sociales están divididas. 

Por una parte, encuentras a los defensores de las banquetas, por otra a los de las bicicletas, luego lo de los árboles, los de la vivienda y, así sucesivamente. 

Lo mismo pasa con otras exigencias en la política. Están los antipriistas, antibipartidistas, anulistas, “broncos”, indecisos y anexas. 

A veces parece que una vez instalada la indignación como demanda, la ruptura de las “células” es prácticamente inmediata. 

La oferta ya no es la misma para nadie. Las fracturas de ideas, convicciones y visiones son evidentes. 

Incluso, hay divisiones marcadas hasta de un mismo tema. 

Ni hablar de izquierda o derecha porque tendríamos que decir ahora: derechas e izquierdas. En plural. 

Pensaba que esto sólo sucedía en el terreno de los oenegeros (de las ONGs), políticos y activistas, pero ampliando el panorama, hasta el narco y los empresarios han dejado de tener la exclusividad del mercado. 

La tendencia global es única y se llama: competitividad. 

Así las cosas, la oferta como la demanda están diversificadas en cualquier término. 

De tal forma que socialmente los reclamos dejan de tener una voz unísona para dispersarse en pequeños grupos que coinciden momentáneamente. 

Lamentablemente, en nuestro país la división reina. 

A tal grado que en lugar de  combatir los monopolios de cualquier tipo, sólo se construye una aparente resistencia que no genera ni “cosquillas” a quienes han mantenido el poder, porque además éstos siempre irán dos o tres pasos adelante por su estructura de origen. 

No es nuevo. Me acuerdo que mis maestros de historia me enseñaron que para construir el paradigma de la “nación” tuvieron que metérnoslo a fuerza de un idioma, de una religión, de una historia contada, de un juego de fútbol y de un par de bebidas embriagantes. 

Entonces, en el fondo pienso que no estamos acostumbrados a la diversidad y mucho menos a confrontarla. 

Por tanto, pasan las oportunidades de ejercer una presión social que distienda a esas necesidades colapsadas por el coraje cívico. 

Como, al mismo tiempo, evitar que pasen por el puritanismo de convertir la fuerza de la unión (la que se grita con “el pueblo unido jamás será vencido) en la creación de otro monopolio de poder.

Porque eso también ha pasado en esta historia de indignación, nos solemos transformar en aquello que juzgamos. 

Las elecciones están desnudando todo lo anterior. Tales fracciones que adolecemos. 

Si nos preguntamos por qué al final ganan los de siempre, quizá la respuesta estribe en que, primeramente, la indignación parece propiedad privada de unos cuantos (así, literal, uno de los principales principios es “no desearás la indignación del otro”). 

Y, segundo, que está francamente dividida. No sólo esto, descalificada ni siquiera por los contrarios, sino por ellos mismos

Pero ya se sabía desde tiempos atrás que así es como se ganan las batallas. 

“Divide et impera”, que traducido significa “divide y vencerás”, ha sido por mucho nuestra “causa” común.

 ¿Quieres comprobarlo?, sencillo: convence a alguien de tu indignación y entenderás cuáles son las consecuencias de la división. 

Admito que lo he pensado, si la solución estriba en monopolizar la indignación, por eso lo dejo en pregunta.

Pero de lo que estoy segura es que entre más dinamitada, dispersa y dividida esté, menos será posible lograr los mínimos –así, chiquitos- acuerdos para redefinir y reinventar el rumbo de un país dividido.