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Opinión

En memoria de Jorge y Javier, porque pensé que no volvería a escribirlo

En algo sí estamos de acuerdo. El país está hecho un río de sangre. Cuando la seguridad trastoca la integridad de cada persona, todos perdemos. No hay nadie, independientemente, de su clase social, educación, nivel socioeconómico, preferencia sexual, religión, y un largo etcétera que se “salve” de la impunidad, de la violencia del crimen organizado, de las autoridades que coludidas con los delincuentes, lastiman a cada familia mexicana vulnerando sus derechos, su paz, su vida.

Esta lista de “azar” en donde parece que esperamos nuestro turno en la fila de la “carnisalchichonería” nos está robando la dignidad, restando calidad de vida, matando la esperanza.

¿Cuántas personas desaparecidas, secuestradas, asesinadas?, ¿Cuántas en estos años de cruda realidad? ¿Cuánta “sed y hambre de justicia”, como diría Luis Donaldo Colosio en vida? Y quizá la pregunta más importante ante el estado de inoperatividad y espasmo moral en el que nos encontramos: ¿Cuándo vamos a aprender que sacando militares a las calles a hacer funciones de policía no tiene óptimos resultados?, ¿cuándo las voces de los familiares de las víctimas de ejecuciones extrajudiciales o de tortura serán escuchadas? ¿cuándo las de las viudas, los viudos y los huérfanos de quiénes han tenido que salir a una guerra?

Sí, escribí la palabra que al hacerse verbo se disfraza, parafraseando al activista Alfredo Lecona. Para quienes acumulamos años en experiencia que hubiéramos querido no haber tenido nunca, no hay seguridad sin tener una visión integral que vaya más allá de concentrar el poder de actuación en la milicia y la marina. Porque eso más que mandar una señal de seguridad, manda una de… ¿De verdad, así de grave entonces están las cosas? ¿A ese grado?

Ningún debate es somero ni subjetivo. Un solo testimonio, en esta crisis de justicia, cuenta como argumento para que cualquier plan, estrategia, leyes, pueda abrirse a la conversación sin monólogos. Más cuando llevamos 12 largos años “avanzando” como ola de mar en un vaivén de decisiones públicas que a veces parece que nos dejan ahí de dónde partimos, en el mismo lugar.

Al momento que escribo esta columna, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, reconociendo el esfuerzo del Ejército y la Marina, tumba la Ley de Seguridad Interior, declara su inconstitucionalidad, lo que implica que se determina que los militares no deben hacer funciones de seguridad pública, ¿entonces?, ¿cuál será la respuesta frente a la propuesta del Plan de Seguridad Nacional presentado por el equipo del Presidente electo?

No hay aspirinas para solucionar nada de un “abrazo” o “balazo” como se vea. Hay que dar, por supuesto, beneficios de duda. No se pueden hacer evaluaciones sobre papel. Sin embargo, una cosa es eso y la otra hacer caso omiso a los casos no resueltos, las circunstancias comunitarias cargadas de realidad social, las malas experiencias que sí pueden dar brújula para que no se repita.

Hace falta no sólo saber para modificar leyes, hace falta gran empatía y sensibilidad para tener una firme determinación de que no queremos la seguridad como algo salido de la imaginación idealista o de la academia. Necesitamos y demandamos la seguridad y la paz como derechos que ganan a sabiendas de los errores que costaron vidas. Paremos la sangre. Que no se repita. Porque militarizar es un verbo fallido.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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