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Opinión
Índira Kempis

La migración es un proceso que tiene sus raíces en la misma historia de la civilización. No hay un origen único para una sociedad global con desplazamientos que generan nuevos hábitos, costumbres, culturas, visiones y formas de vida. Sin embargo, ante las brechas abiertas de la desigualdad entre diferentes indicadores de desarrollo de los países, estas decisiones de migrar no sólo están incrementando, también el rechazo por una aparente “invasión” a lo que se supone -a cualquier migrante en cualquier país o estado- no le pertenece por lo que socialmente concebimos como identidad.

Esto ha configurado un rechazo hacia lo que se percibe “externo”. De ahí que, por ejemplo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilice a la población migrante -sobre todo la mexicana- como uno de los “problemas” más importantes de su país. Para muestra sus evidentes posturas que colocan a las personas que llegan a su país como “indeseables”.

Lamentablemente, hay un incremento entre los grupos anti derechos que no ven en este fenómeno social un área de oportunidad que permite la exploración de renovadas rutas críticas para el desarrollo económico, social e incluso político de un país. Lo que ha generado casos de discriminación, estigmas y prejuicios que bloquean cualquier intento de tener criterio y perspectiva sobre lo que significan los impactos positivos como negativos de la migración.

En Nuevo León donde también hay una creciente población migrante. En estos días se ha abierto de nuevo el debate. Un salvadoreño murió en un centro del Instituto Nacional de Migración (INM) en Monterrey, Nuevo León. Caso que está en investigación y que, además, coincide con la renuncia de la delegada.

Cada vez hay más situaciones alarmantes sobre las condiciones en los que se encuentra esta población y que todos los niveles de gobierno en la parte operativa deberían estar trabajando antes de que se haga realidad que este país se convierta en el muro de Trump, que se pague con vidas o violaciones a los derechos humanos de las personas, o que, simplemente, se abran las posibilidades de solución ante una posible permanencia.

Por la polémica que tiene razones más no justificaciones, se están evadiendo responsabilidades de lo que ha implicado las decisiones bilaterales así como la desatención en uno de los territorios que por posición geográfica son sin duda los estados de la República que deberían de tener prioridad ante el incremento de la migración: los estados de la frontera-norte y los estados de la frontera-sur.

Se pueden evadir pero no por mucho tiempo. Estamos en el tránsito de entender que debemos encontrar esas respuestas. No podemos permitir convertirnos en un espacio donde no hay salida ni para los que ya estaban aquí ni para los que están llegando. Debemos ser una tierra de oportunidades para el talento y la búsqueda de todos.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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