Morir huyendo, tratando de subsistir con dignidad o de mejorar su calidad de vida, cualquiera de éstas fue la triste historia de por lo menos 650 migrantes que perdieron la vida en 2021 buscando la manera de cruzar la frontera de México con Estados Unidos, la mayor cifra desde 2014, de acuerdo con la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).

Como el segundo corredor migratorio con mayor flujo en el mundo (el primero es India) y, por sí mismo, un continuo hacedor de migrantes, México había normalizado ya el tránsito de personas indocumentadas hacia Estados Unidos y, con ello, el de víctimas mortales.

Hoy, sin embargo, las cifras están sacudiendo conciencias, tanto por la acostumbrada continuidad de los flujos migratorios, como por lo relativamente novedoso de la masividad en el tránsito: una gran cantidad de migrantes se unen en numerosas caravanas y ello hace muy notorios sus padecimientos y carencias.

A partir de 2016 comenzamos a recibir continuamente migrantes en caravanas. La pandemia de COVID-19, el gran disruptor de los flujos migratorios en todo el mundo, pudo contenerlos durante 2020, pero a partir de 2021 se renovaron con nuevos bríos, y a México llegaron 18 mil haitianos para concentrarse en Ciudad Acuña, Coahuila, esperando pasar a Del Río, Texas.

Esta última migración masiva, que concentró varias caravanas, fue la que finalmente nos puso en alerta: México corre el riesgo de sufrir de una crisis humanitaria migratoria y, hay que decirlo, no estamos preparados.

Así lo corroboró la penosa tragedia de finales de junio pasado, en la que perecieron en un tráiler en Texas, a causa del calor, 53 migrantes, entre ellos, 27 mexicanos. El Gobierno texano consideró este lamentabilisimo acontecimiento como el caso más mortífero de tráfico de personas en la historia reciente de Estados Unidos.

Hay, pues, en las circunstancias descritas, un panorama sumamente preocupante: ya no es solo la pobreza o incluso la aspiración de alcanzar el “american way of life” lo que motiva a los migrantes, es el desplazamiento debido a regímenes autocráticos de Gobierno que han resultado un fracaso, han conculcado libertades, perseguido opositores y empobrecido a casi toda la población, con la triste consecuencia de un crecimiento inusitado de las actividades del crimen organizado, que se ha vuelto por sí mismo un gran expulsor de población.

Estos migrantes obligados se encuentran ante una triste situación de falta de solidaridad en su penoso tránsito y en el lugar de destino. El Papa Francisco la describió así en su encíclica de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021: “Los nacionalismos cerrados y agresivos y el individualismo radical resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más fácil pueden convertirse en los otros. Los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales”.

México, debido a que está padeciendo una situación de inseguridad generalizada sin precedentes y a que no tiene un marco legal migratorio apropiado, no está pudiendo gestionar adecuadamente el paso de migrantes por su territorio, promoviendo, protegiendo, respetando y garantizando sus derechos humanos, que es ciertamente lo único que podemos hacer.

Desafortunadamente, los migrantes que llegan a México son, en su mayoría, captados y traficados por el crimen organizado.

De no corregirse esta situación, podríamos ser, en nuestro propio territorio, testigos de una tragedia como la de Texas. ¿Cuándo México va a tratar a los migrantes de otros países como nos gustaría que trataran a los nuestros en Estados Unidos?