Asisto más a los centros comerciales a buscar información para mis investigaciones de educación financiera que para comprar, pues esto último normalmente lo tengo planeado y voy a lo que voy.

En uno de estos andares me topé con un stand de venta de autos, me detuve y pregunté a la amable señorita sobre el vehículo del cartelón. Ni tarda ni perezosa me espetó su primer argumento de venta casi frenética: “¡tenemos veinticuatro meses sin intereses, señor!”. Fingí prestar mucha atención y, acto seguido, solicité una explicación a detalle sobre cómo funcionaba tan “irresistible” promoción.

Después de una larga exposición le pregunté cuál era el valor del auto si lo pagaba de contado, a lo que contestó que no me convenía desaprovechar la promoción que acababa de presentarme. Insistí y finalmente me dio el precio, que era, como podrán haber adivinado, más bajo que el de la supuesta ganga de sus dichosos meses.

Con toda amabilidad le dije que era obvio que estaban cobrando intereses, pues la diferencia de precios lo dejaba ver muy claro. Ella decía que no y yo que sí. Le hice las cuentas y aun así porfiaba en que sí era real eso de los meses sin intereses.

Después de desesperarla con la matemática en mano, se enojó y me dijo: “Mire, señor, lo que usted tiene que entender es que es diferente hacer descuento por pago de contado que cobrar intereses”.

Sin duda este fue un gran aprendizaje, principalmente porque me di cuenta de que esta chica en realidad estaba segura de tener la razón y no es que me quisiera engañar; así la entrenaron (por no decir “amaestraron”). Seguramente pensó que yo era un bobo.

El chiste de toda esta historia es que sucede todos los días con promociones que no son promociones y con ventas falsas. Del tema “meses sin intereses” hay tinta para chorrear, pero hoy baste decir que, para que esto no sea un engaño, el precio de contado debe ser exactamente igual a la suma de todos los pagos que tenga que hacer de aquí a la eternidad. Así de sencillo.

Por favor, no se dejen llevar por “el canto de las sirenas” y que no les gane la compulsión de comprar. Chequen, comparen, pregunten y decidan correctamente para que no tiren el dinero a la basura, pues bastante trabajo nos cuesta generarlo para no cuidarlo. Desconfía de las aparentes gangas, que muchas veces esconden realidades amargas y, sobre todo, muy costosas.

Dice la sabiduría popular que “poco veneno no mata”, pero en finanzas, de peso en peso se pueden perder fortunas.

Recuerda: “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.