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Opinión

Miles de personas en México no podemos esconder de dónde venimos. Eso de que “el nopal lo traes en la frente” no es gratuito. El color de piel morena, la nariz ancha, la estatura baja, el cabello negro son el promedio.

Así como las enlisto no suenan más que a meras características físicas… Pero si vinculamos esto con roles sociales y advertimos que tales pueden determinar que alguien sea sirvienta o delincuente, que alguien sea pobre o violador. Ahí cambia todo.

A partir del reconocimiento internacional de Yalitza Aparicio, quien a pesar de que no estudió para eso, pero que con su actuación en Roma ha sorprendido por igual a expertos como aficionados sobre su calidad como actriz y que hoy pone en alto el nombre de México al estar nominada al Oscar, la avalancha de ataques por redes sociales virtuales la alcanzaron a ella cuestionando su belleza, su talento y su futuro… Y de paso a mí.

Hombres, principalmente, desde sus cuentas, hicieron una serie de ataques sistemáticos sobre mi parecido con la actriz.

Sinceramente, así como enuncia el título de esta columna, me dio mucho gusto. “Mira, podríamos ser hermanas”, pensé.

Como también pienso que me parece absurdo como en pleno siglo XXI con tanto acceso a la información y avances en la defensa de derechos humanos, haya gente que siga pensando que parecerse a una indígena es algo malo, “digno” de mofas, burlas y buleos.

Es increíble lo que, por ejemplo, no ha dejado de recibir esta chava. En vez de que se alegren por lo que representa. No. Mejor golpearla.

Y de paso a otras que, como ella, parecemos sirvientas para el imaginario colectivo, pero no lo somos. Y aunque lo fuéramos, ¿qué tiene de malo? ¿Qué para ser senadora y actriz nominada al Oscar, es decir, mujeres poderosas, tendríamos que ser güeras, de cabello rubio y ojos verdes?

Lamentablemente, esa es la radiografía de país que somos. No se trata tampoco de hacer de unas características mejores que otras, pero, sencillamente, de aceptar lo que somos y que no nos avergüence por el cúmulo de carga histórica que nos hemos autoimpuesto, ¿es esto tan difícil? ¿De verdad lo es?

Lo peor es darte cuenta de que muchos de los que replican este tipo de mensajes racistas y discriminatorios también son personas morenas, de nariz chata y de ojos negros, ¡no sean así que no se puede con tanta ironía junta!

El juego de la “supremacía racial” a las que menos perjudica es a nosotras que estamos muy ocupadas haciendo una carrera en algo que para ambas es nuevo. Pero sí lastima la vida social de un país, de un Estado necesitado de entender que un mexicano no puede ser enemigo de otro mexicano y menos sí tiene las mismas raíces y su color de piel.

El ADN, que no miente en nada, determina quiénes somos y lo valiosos que somos. Tendría que quedar claro, además, que las mujeres no importando ese ADN somos capaces de lograr lo que queremos, morenas, altas, blancas, gordas, cómo sea.

Me detengo a compartir esto a mis lectores para que elevemos el nivel del debate superando aquello que nos acompleja: no aceptarnos físicamente como somos y entonces creernos superiores con cualquier “detalle” que detone que no tienes raíces indígenas.

Yo las tengo. Yalitza las tiene, ¿nos quitó eso el sueño para llegar hasta donde estamos? No. Entonces, a nadie debería quitárselo. Ni eso ni el tiempo para las burlas ni las ofensas.

Porque como escribí en un tuit: “Hay algunas personas que me compararon burlonamente con la gran mexicana Yalitza Aparicio ¡No saben el honor que me hacen! Me siento más mexicana y más orgullosa. Porque hay algo que su racismo no puede matar: el valor de las raíces. Nuestras raíces”.

¡Me parezco!


* Esta opinión no refleja la del periódico

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