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Opinión
Índira Kempis

“Lo que consumes, lleva sangre”. Soy de la generación que no escuchó o leyó sobre la guerra contra las drogas, la vivió en carne propia como protagonista en una trinchera muy difícil de sobrellevar en ese momento: la de ser activista por la paz . Ahí entendí que la apuesta es regular para la descriminalización y despenalización de todo acto relacionado con la planta. Que la regulación responsable basada en la libertad de las personas, es posible. Y que la justicia e inclusión es una deuda para las víctimas del régimen de prohibición y de la guerra contra las drogas.

No hay mentira que dure 100 años. Esa planta que es una planta a la cual se le puede dar diferentes usos, pero que por una visión prohibicionista se le ha estigmatizado por décadas. Pero lo que hoy estamos discutiendo en el Senado de la República, rompe “el mito fundacional”, ese que dice que la planta es “mala”.

Está demostrando científicamente las consecuencias de su uso medicinal y lúdico. Fue la clandestinidad y la violencia, la que la hizo valiosa para el mercado. Uno clandestino que estaba generando más problemas que soluciones. Campesinos y pueblos enteros “tomados” por el crimen organizado, usuarios y usuarias en la cárcel por portar algunos “churros”, personas con enfermedades crónicas teniendo que comprar en condiciones no idóneas para atender sus malestares físicos.

Esa realidad alcanza y rebasa. No se puede vivir eternamente en la cultura del castigo y de los paradigmas que sólo se desprenden de los prejuicios, la ignorancia y la incapacidad de poder hablar abiertamente de la marihuana, de la cannabis que no es más que una planta.

Necesitábamos esa legalidad o la cannabis seguiría llevando sangre, violencia, víctimas. Eso sí, esto es un gradualismo necesario, pero no suficiente. No salió el dictamen como queríamos. La discusión llegó tarde, pero llegó.

Mi voto a favor en lo general con una reserva para contrarrestar aún más el punitivismo es a sabiendas que represento a esa generación que lo que más quisimos fue hacer la paz y defender derechos humanos, hoy destruimos un tabú: estar legislando sobre la materia en el Senado de México. Esto si bien le hace falta más, se convierte en referencia global para seguir el camino que en otros países se ha tomado: el de las libertades y los derechos emergentes.

En esta hora de regular y de entender de que las leyes son perfectibles, sigamos poniendo el dedo del renglón, así como lo han hecho los del Colectivo 420 afuera del Senado. Porque gracias a ellos y ellas también esto está sucediendo. Las últimas modificaciones para pasar el trago agridulce fueron en nombre de su resistencia.

No más marihuana clandestina.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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