Se habían tardado, pero toda paciencia tiene su límite. 

En días recientes organismos empresariales, y uno que otro columnista, han apelado al Banco de México para que se “tomen medidas” ante un tipo de cambio cuyo valor se deprecia a diario.

Sin duda, lo que preocupa a muchos es la última racha de alzas, observada principalmente desde diciembre del 2014. 

Desde entonces, el peso ha perdido aproximadamente 6 por ciento de su valor, dependiendo de la medición y horizonte de tiempo que se observa.

No obstante los reclamos (y hasta amenazas), Banxico demostraría ser sabio si logra mantener la calma. 

En primera instancia, en términos globales, el peso mexicano no está ante un deterioro catastrófico, como muchos suponen. 

El índice de valor del dólar ponderado por socio comercial, un indicador que mide la fortaleza del dólar contra las principales monedas con las que Estados Unidos intercambia, registra una apreciación de la moneda verde de un 8 por ciento en el mismo periodo.  Es decir, no se trata de un fenómeno que un solo Banco Central, por más reservas que tenga, puede detener. 

Pero más importante para la junta de gobernadores de Banxico, el alza en el tipo de cambio no está traduciéndose, todavía de manera importante, a la economía real. 

Esto bien podría ser un interesante caso de estudio para los libros de texto, pero tal vez un efecto secundario del poco crecimiento interno que hemos observado en los últimos años es que la depreciación de nuestra moneda sigue sin verse en otros indicadores.  El caso más convincente es la inflación. A falta de una demanda apretada, las empresas que importan no tienen de otra más que aceptar márgenes más pequeños. 

Desde enero, la inflación, el único indicador por el que podemos juzgar a la institución, se ha mantenido muy cercana a su objetivo. 

Desde luego que la caída en el precio de la energía eléctrica tiene que ver, pero el tipo de cambio no parece estar ejerciendo gran presión en contra.

En cuanto a nuestra balanza comercial, la teoría económica tradicional nos postularía que ante una depreciación estaríamos observando un creciente superávit comercial. 

Sin embargo, ha sucedido lo contrario: en los últimos 2 meses de los que tenemos datos se ha registrado un déficit, creciendo a tasas más aceleradas las importaciones (4.7 por ciento anual en Junio) que las exportaciones (1.2 por ciento anual).

Esto, una vez más, puede ser causa de nuestro bajo crecimiento pasado: ante la falta de inversión, podríamos estar ante un escenario de capacidad plena. Por más que este barata nuestra moneda, la capacidad instalada en manufactura simplemente está cercana a sus máximos. Ultimadamente, lo importante es que el Banco le haría un gran deshonor a su nombre al caer en el pánico que produce en muchos de nosotros ver el tipo de cambio crecer a las tasas que lo está haciendo. 

Los fundamentos para un ajuste a la baja están ahí, lo que significa que tarde o temprano, quizás cuando regrese la política monetaria en Estados Unidos a cierta normalidad, el dólar tendrá que abaratarse