¡Se salieron del huacal! Me dice un amigo en tono de broma al saber que por primera vez en muchos años, los maestros de Nuevo León protestan en las calles para frenar las evaluaciones que consideran “punitivas”, y reafirmar su postura contra la Reforma Educativa. 

Y se han sumado al movimiento nacional de maestros que asegura existen efectos nocivos de tal reforma, que pueden desembocar en la violación de sus derechos laborales. En este estado de la república es inédito ver estas reacciones, porque aquí los maestros no se quejaban de manera multitudinaria. 

Tampoco paralizaban el centro. Sí, ¡escándalo!, ¿los maestros marcharon por el centro de Monterrey? ¡Claro que no!… Pues sí, algo debe estar sucediendo que va mucho más allá de una protesta para que los maestros estén a la defensiva en prácticamente todo el país. 

La explicación simple en la que han caído “casualmente” varios analistas, medios de comunicación y hasta organizaciones de la sociedad civil es atacar la labor profesional de quienes se dedican al arte de educar a los niños y jóvenes.

Es fácil caer en la trampa mediática de acusarlos, culparlos, denostarlos con el argumento de que ellos no ven por la educación sino por su trabajo. 

No obstante, quiero compartirles la otra cara de la moneda. Ésa que cuando la miras, te puede dar la perspectiva completa. No de las leyes o los procesos administrativos o evaluaciones. Sino las historias de vida que hay detrás de muchos maestros. 

Sé perfectamente que algunos no cumplen con su responsabilidad de servicio público, como también que otros han sido cómplices de la corrupción que impera en éste y otros sindicatos. 

También sé que tenemos que defender la dignidad de quienes, al contrario, están dispuestos a desgastarse no sólo por considerar su trabajo como un empleo, sino por velar por la educación pública de México. 

Porque si no somos capaces de considerar tales excepciones, sólo caeremos en una “cacería de brujas” sin sentido, cuando quienes son responsables ni siquiera son maestros. 

La “fórmula” nos la enseñó Elba Esther Gordillo: son políticos disfrazados de maestros o maestros disfrazados de políticos que ni siquiera hacen política, sino politiquería de lo que se supone cambia al mundo: la educación.  

Estoy segura que el talento, la dedicación y la innovación no se van a reflejar en una serie de preguntas durante 8 horas sentados frente a un monitor. 

Si es así, entonces, sentemos a cada funcionario público, a cada empresario. Sentemos al presidente para por fin darnos cuenta de lo que ya conocemos. 

Sobre diagnóstico no hay engaño. A este país, durante décadas, lo que menos le ha importado es la calidad educativa. 

Asómese en las escuelas para ser testigo de las carencias en mobiliario, de la ausencia de los padres de familia, de la apatía de los propios estudiantes. 

No los justifico, quiero que comprendamos sus circunstancias. Todos deberíamos responsabilizarnos de la educación sin caer en la tentación de poner sobre los maestros la carga completa. 

Defiendo a los buenos maestros. Los que no deberían ser la excepción a la regla, sino la regla de la excepción, ¿por qué?, porque me recuerdan las múltiples veces que presté a mi madre para que dedicara tardes “extra” a sus alumnos en problemas. 

Porque mi padre trabaja con alegría para que cada día en el aula sea una posibilidad para que exista un matemático o un físico más en este país. 

Estoy con los buenos maestros, con sus derechos laborales que no deben ser arrebatados por la incomprensión de quienes los ven como los “villanos” de un cuento que nos pertenece a todos. 

Estoy con los maestros. Porque tuve maestros de la educación pública y la privada con circunstancias adversas –aunque se autocensuren- que me formaron para ser lo que soy hoy. 

Que la dignidad de los maestros sea visible. Que pague quien sea responsable. Pero no caigamos en el juego de la denigración, que tal parece mueve otros intereses, menos el de calidad educativa. 

Escuchémoslos, en Nuevo León y en México, los que se “salieron del huacal” tienen mucho qué decir. Empezando por ahí, que no todos son maestros ni malos maestros.