El primero lo enamora con megaproyectos comerciales, como el Dragon Mart, el mayor centro de exhibición de productos chinos en América.

El segundo, con cantos de sirena disfrazados de una reforma migratoria que legalizaría la situación de los 11 millones de inmigrantes indocumentados.

Nada mal para un galán que recién se estrena en el escenario de la seducción globalizada.

La mayoría apuesta por Obama. El mandatario estadounidense tiene en efecto todas las de ganar. Su visita es una oportunidad de oro para descontaminar la relación bilateral del perdedor que antecedió a EPN, obsesionado éste por la seguridad.

Pocos han pasado inadvertido que México es el primer país latinoamericano que Obama visita dos veces, y el segundo durante su segundo mandato.

Nadie pone en duda que la gira de Obama es un abrazo cálido para Enrique Peña Nieto y sus esfuerzos mediáticos por darle una vuelta de tuerca a la agenda en México.

Y, el “Tlatoani mexiquense del Siglo 21” es un candidato que cuenta con el beneplácito de moros, y hasta de muchos cristianos, en Estados Unidos. Con un golpe certero contra la corrupción tras el arresto de la poderosa líder magisterial Elba Esther Gordillo, y un par de reformas históricas a cuestas, ha demostrado ser un amante digno de enamorar. Su mensaje mediático disciplinado acompañado de una sofisticada mercadotecnia, ha logrado darle al vetusto PRI un nuevo rostro.

La mesa está casi servida en Estados Unidos. Hoy, es mal visto llamar “espalda mojada” a los inmigrantes y los republicanos hacen causa común con el electorado hispano. Pero Obama llega a terreno minado. Los astros lo favorecen, pero el destino podría estar en su contra.

A México le urge avanzar en la diversificación de su economía y capitalizar su red de tratados de libre comercio. Sí o sí. 

La primera gira internacional como presidente fue a Chile y Uruguay para la reunión de los mandatarios de América Latina y el Caribe con la Unión Europea. En febrero, viajó a Costa Rica y luego al funeral de Hugo Chávez en Caracas.

Lo que no está claro es qué le ofrece este nuevo México a América Latina, con un rival como Brasil.

En cambio, con el gigante asiático, la relación ha adquirido un sólido componente económico que la respalda.

En 2011, la balanza comercial entre México y China, según la Secretaría de Economía, ascendió a 58 mil 213 millones de dólares, de los cuales 52 mil 248 millones corresponden a importaciones de México provenientes de China y 5 mil 965 millones de dólares a exportaciones hacia el gigante asiático.

Pero la relación comercial con Estados Unidos es la niña de los ojos del gobierno priista. Y no es para menos. El 80 por ciento de sus exportaciones van a EU y 40 por ciento de las exportaciones de allá tienen mano de obra mexicana. Los dos países comparten una frontera de más de 3 mil kilómetros; son vecinos asimétricos en materia de desarrollo y más de 30 millones de mexicanos viven en Estados Unidos.

¿Logrará el México de Peña Nieto romper ese cordón umbilical y dejarse querer por los chinos? ¿O podrá ser bígamo? Quién sabe. Lo que está claro es que la visita de Obama es la de un amante cercano, ya no un vecino distante.