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Opinión

Hay tres cosas seguras acerca de la seguridad- o más bien inseguridad- en México.

La primera, es que nos hemos estado haciendo las preguntas incorrectas. La segunda es que no hay ley, por más estructurada, redactada y consensuada que esté, que garantice seguridad. Y tercera, que la culpa la tenemos todos, incluyendo usted y yo.

Para el problema de inseguridad del país no existe solución que mágicamente cure las heridas tan profundas que generan la violencia y delincuencia. Y no, no todo es culpa de la corrupción, aunque usted no lo crea, pero ciertamente no ayuda.

Y es que, las heridas y los lastres que durante años han dado pie a que el clima de inseguridad alcance niveles históricos, tienen todo y nada que ver con la ley de seguridad interior, las policías y los militares.

Me explico. A la familia del termino seguridad, ya sea interior, pública o nacional hay que sumar la de seguridad social. La que contempla primero que nada la educación, pero también la salud, el acceso innegable a fuentes de energía, agua potable, alimentación y de trabajo. Estas son las que generan caldo de cultivo para los grupos delincuenciales, son las que generan violencia; una que inicia en los hogares y se escurre por las calles.

Sin embargo, ya adentrándonos en el tema de la seguridad pública e interior, existen grandes ineficiencias a la vista de todos los servidores públicos competentes en materia de seguridad. Por ejemplo, el sistema penitenciario es un desastre, en México es casi imposible contar con la concepción de reinserción social. El debate eterno en torno al mando único –tan necesario y tan omitido en esta ley de seguridad interior-, es algo tan político que ni los políticos entienden la necesidad de contar con él.

Porque las disputas entre policías municipales  y estatales no las van a solucionar con la participación de una fuerza mayor cómo lo es el ejercito y la marina. Mientras los mandos le reporten a burócratas de diferentes partidos políticos el “pique” ahí va estar. Luego, la ausencia de policías de proximidad que rompan con el paradigma y fomenten un puente entre la brecha social que persiste entre las autoridades y la ciudadanía, continúa arrastrando una cultura de escepticismo, desconfianza y rechazo para las policías que cercanas a la gente vigilen, fomenten la sana convivencia y realicen tareas administrativas. Y para no seguir con una lista que abarca mucho más que las líneas me lo permiten, termino con la inherente necesidad de crear sistemas (cultura institucional) de inteligencia.

Se trata de romper con el falso paradigma de la capacidad de fuego entre delincuentes y policías. La CNDH y los distintos cuerpos no gubernamentales lo han probado, es una realidad, la mayoría de los muertos los ponen los criminales. En realidad, más allá, de un equipamiento efectivo, las policías no deben militarizarse; mucho menos cuando el respaldo de estas son de facto las fuerzas armadas. Lo que si es esencial es la capacitación y el uso eficiente de inteligencia. Información que ayude a hacer prospectiva, proyección y pronóstico delictivo. Inteligencia que coadyuve a anticiparse a la expansión de la delincuencia, a prevenir crímenes y sobre todo que en esta etapa de “lucha” frontal contra el crimen organizado –hoy un tanto desorganizado- garantice operaciones precisas y concisas. ¿Dónde están los centros estatales de inteligencia? Es decir, aquellos centros locales en donde se junte y se organice la inteligencia que proviene de los municipios, del gobierno estatal y ciertamente de los organismos federales. Porque esa es otra, si bien a inicios de este sexenio, la cooperación entre las dependencias federales, la fricción terminó venciendo el concepto de colaboración y cada dependencia se guarda para consumo propio la inteligencia.

En ese sentido, creo que la ley de seguridad interior, resulta insuficiente, primaria y acelerada. Coincido con aquellos que sugieren que un debate más a profundidad es necesario. Sin embargo, no creo que esa voz venga de afuera del Senado de la República. Debe venir de una especie de pacto por México para la seguridad. Politizar el tema no ayuda, mediatizarlo tampoco y ser plataforma de celebridades menos. Y es que después de aprobar una ley estudiada habrá que reforzarlo con lo que hace la diferencia y eso es un conjunto de programas regionales y protocolos de campo que de verdad harán que haya seguridad sin guerra. De lo contrario gane quién gane la presidencia en 2018, la situación permanecerá igual. Porque no hay mesías para esto de la seguridad. Al tiempo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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