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Opinión
Cable Rojo

La mítica frase que acuñó Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido como “El Che” que augura “hasta la victoria siempre[..]” al despedirse en una carta desde el Congo de Fidel Castro en 1965, supuso a resumidas cuentas que el fin último de la revolución aún no se lograba. Es decir, que pequeños triunfos no necesariamente representan la conquista absoluta de la victoria.

En ese sentido, mientras que el periodo de precampañas ha terminado, y el gobierno federal navega por una tormenta de incertidumbre, frustración e indiferencia existen aún temas urgentes por resolver. Uno de ellos es la renegociación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica y la batalla paralela en materia migratoria.

Sí bien las declaraciones del responsable de las negociaciones del lado estadounidense, Robert Lightizer, dan certidumbre al sugerir que las pláticas van mejor con México que con Canadá, sería un error colectivo tomarlo como un logro y una estupidez decir que es un victoria.

Porque la realidad es que a decir de gente mejor informada y cercana al proceso de renegociación, poco se ha desahogado. El ritmo es lento y no es casualidad que diferentes organismos nacionales e internacionales vean con realismo que un hipotético TLC 2.0 no se verá sino hasta 2019.

El problema está en que el líder de facto de esta peregrinación, el canciller Luis Videgaray, ha encontrado confort en su calidad de jefe diplomático.

Ya sea por falta de destreza, por temor o por conveniencia, el secretario con todo y sus “cercanísimas” relaciones en Washington pareciera que solamente está pateando el balón y lanzando pequeños huesos mediáticos para prolongar el proceso hasta después de las elecciones.

¿Por qué quisiera hacer eso el canciller? No lo sé, pero se me ocurren, dos hipótesis. Primero, porque el escenario electoral huele a derrota del PRI y en ese caso lo más fácil es aventarle la papa caliente al equipo de transición del próximo presidente electo. Y segundo, porque patear el balón resultaría en un ganar-ganar para él y para la administración de Trump.

Para Videgaray, sería pensar en su futuro más allá del 2018. En el organismo internacional (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional etc.) que le gustaría presidir o en el puesto corporativo que le llene el ojo, los dos para los cuales necesitaría el apoyo completo de Estados Unidos.

En tanto que para la administración de Trump, se trata de no quemar sus cartuchos políticos ante el escenario electoral de noviembre próximo. Someter a congresistas, senadores e incluso gobernadores a tomar partido sobre un tema tan controversial solamente polarizaría el capital político que ha ganado. Eso sin mencionar que la aprobación del presupuesto que ya le pasó factura, la discusión en torno a DACA y los escándalos al interior de la administración sólo lo vulneran más.

Sin embargo, sí el canciller de verdad quiere conseguir tener palanca sobre las negociaciones para obtener una mejor versión del TLC este año y de pasada darle un empujón a Meade, tiene que estar dispuesto a arriesgar su relación con Jared Kushner, el influyente yerno de Donald Trump.

Y para ello, desde Churchill hasta Kissinger han coincidido en que la diplomacia es el arte de restringir al próximo del poder o de mandar al diablo a alguien de tal manera que te pidan direcciones para llegar. Más aún, en momentos geopolíticos tan turbulentos una estrategia diplomática eficiente requiere de pragmatismo. Por ejemplo, la influencia de Kushner más allá del parentesco con Trump, radica en su cercanía con el pueblo de Israel, en particular con los líderes empresariales y políticos, incluyendo al primer ministro Benjamín Netanyahu. En ese caso en particular, la noticia de que la policía de Israel asegura que tiene suficientes indicios como para juzgar a Netanyahu por actos de corrupción genera incertidumbre en la cúpula judía. El ocaso de Netanyahu también llevaría a una disminución del poder de influencia de Kushner.

Este gobierno, no sólo el canciller, tiene que atacar el problema por diferentes frentes. Videgaray ha dejado de voltear a ver al secretario de Estado, Rex Tillerson, no se ha acercado con el resto del cuerpo de influencia en temas internacionales. Incluyendo a las figuras no gubernamentales, el denominado “Blob”.

Y luego, para finalizar está un bien tan preciado cómo valioso, los cerca de 35 millones de México-americanos que residen en Estados Unidos. Aquellos que piden a gritos ser escuchados y que sobre todo tienen todo menos la guía y apoyo para actuar e influir tanto como en la política de Estados Unidos cómo en la de México.

Claro es que a ningún partido o candidato presidencial le conviene o gobierno le interesa meterse a la boca del lobo en plena contienda electoral. Pero, dejando de lado las politiquerías y los intereses individuales, tanto el gobierno federal que será juzgado por la historia y los candidatos que recibirán la papa caliente tienen que ir pensando en una verdadera estrategia en materia de relaciones exteriores, de lo contrario “juntos haremos historia” o sea el lema que resulte, quizás logremos ser vistos diferente pero seguiremos siendo tratados igual. Al tiempo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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