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Opinión
Puntos sobre las íes

Desde la elección del 2016 en las que se convirtió en presidente Donald Trump, las encuestas están en crisis. Es más, siempre han sido el reflejo de un momento de la sociedad que, además, no tenía ese desafío terrible que significa vivir con la inminencia del sentimiento que producen las redes sociales.

Es como si hubiera dos tipos de encuestas: aquellas que contestan a unas respuestas matizadas y otras que son como gritos desde adentro que salen y se manifiestan a través de Facebook o Twitter.

De cualquier manera, si yo fuera Andrés Manuel, Ricardo Anaya o José Antonio Meade, no me tomaría muy en serio las encuestas. No solamente porque han fallado. Sino porque, además, las encuestas -en esta guerra total que estamos viviendo en la campaña- son un instrumento, no solamente propagandístico o para subir o bajar el ánimo de los distintos oponentes. Son también una herramienta y parte del juego de distintos intereses que libran por un tiempo su guerra particular.

En ese sentido, las encuestas -como la de El Financiero- que dan 20 puntos de ventaja a López Obrador, son para mí el mayor peligro. No únicamente porque me parece demasiado, desde cualquier perspectiva. Además, se corre el riesgo de que llevado por ese éxito siga cometiendo todo eso que, al final del día, sólo él entiende, con relación a su manera de hacer política.

Vivimos tiempos confusos. Y en todas las elecciones de nuestra época la única encuesta que vale es la del día de la votación.

Por lo demás, en nuestro caso tenemos tantos elementos, luchas y tanta repetición de argumentos, que en el fondo resulta casi una broma pensar que una elección como la nuestra -después de vivir lo que hemos vivido en otras elecciones, y después de lo que han vivido tantos países- va a ser matemáticamente previsible.

Los gobernantes saben que ya resulta imposible tener un cálculo factible de lo que pueda pasar el día de la elección.

Quienes parecen que van arriba en las encuestas deben tener mucho más cuidado, porque el país está tan quebrado, tan polarizado que aunque de momento no parece que se vaya a cerrar la elección, nunca hay que descartarlo, sobre todo cuando faltan 45 días para que lleguemos al día de la decisión.

Los profesionales de las encuestas merecen todo mi respeto y como tal lo manifiesto. Pero soy consciente de que por primera vez los pueblos se han enseñado a engañar, no solamente a quienes antes acarreaban, sino también a los que les hacen las preguntas para saber por quién van a votar.

Mayor sorpresa que la que tuvo Hilary Clinton no existe en relación a las encuestas. Por eso sólo advierto que no conviene tomárselas demasiado en serio, aunque naturalmente no me es oculto que tienen un valor indicativo fundamental.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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