Los villanos vueltos héroes están presentes hasta en las caricaturas como Mi Villano Favorito. Mostrando otra cara de la cultura, la que se rebela contra ‘el orden establecido’, que si bien es aceptado por muchos, incomoda a otros que no ven futuro en ese orden y quieren cambiarlo.

Pagados o no, los manifestantes que piden la liberación, de su héroe “El Chapo”, son la muestra del cambio de paradigmas y de porque “El Chapo” pudo vivir en Sinaloa protegido.

El orden que establece que vivamos todos en pobreza, sin educación de calidad, sin servicios. El orden que permite tener al hombre más rico del mundo ofreciendo el peor servicio de Internet. El orden que permite que políticos se roben los fondos destinados para proyectos que pueden dar avance a nuestro país. Aquel orden desigual, que beneficia a pocos y perjudica a muchos, es expuesto a través de villanos. 

Villanos que al rebelarse al “orden establecido” se convierten en héroes como se manifiesta en el personaje mítico de “El Chapo” Guzmán, al que la prensa mundial le ha dedicado muchas planas de sus diarios.

Seguramente con un gran carisma, como lo tuvo Hitler en su momento, enmascara la más cruel de las industrias millonarias del mundo. No deja de ser un genocida. Ha dejado sin hijos a muchas padres y huérfanos a muchos hijos. A pesar de ello es aclamado.

Como la esposa golpeada, maltratada, que cuando el esposo le da una caricia, asustada le pregunta si pasa algo, si está molesto, porque en lugar de pegarle la acarició. El pueblo de México golpeado y maltratado,  eleva cual santo aquel, que representa la cultura del logro sin importar como, la de la violencia justificada por los resultados. Por que este sí repartió un poco de lo suyo entre los suyos.

La narcocultura se impregna poco a poco en México. Está manifiesta en el éxito de las series de TV: La Reina del Sur, El Cártel de los Sapos, El Capo y El Señor de los Cielos y próximamente el Varón de la Droga.

Se hace presente en largometrajes como Narco Cultura que presenta el fotógrafo Shaul Schwars, en la literatura, abundan libros al respecto: El más buscado, de Alejandro Almazán; Los señores del narco, de Anabel Hernández; Jefe de jefes, de José Manuel Valenzuela; El sicario, El último narco, y no se acaban los títulos que hablan de lo que ya es tan común que se impregna como parte de nosotros, con el peligro de quedarse y ser parte del apellido mexicano.