Se están muriendo. Nadie los quiere y nadie los necesita. Es más: estorban, son un lastre para la evolución de las empresas. O cambian o están destinados a desaparecer. Me refiero a los jefes, esa especie que ya daba señales de estar fuera de época antes de la pandemia, pero que ahora están en riesgo de extinción.

El mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas y cambió de forma aún más abrupta con la crisis provocada por el COVID-19. Por eso quienes están al frente de un equipo en las empresas están obligados a cambiar también y a adaptarse.

¿Qué cambió? Primero que nada, las nuevas generaciones (millennials y centennials) ya no comparten este espíritu de vivir para trabajar, de darlo todo (salud, familia, vida) por la empresa. ¡Y qué bueno! Ellos quieren vida en equilibrio, tiempo para disfrutar, viajar, conocer el mundo.

Otro cambio importante, sin duda, es el tecnológico. Cuando se suponía que la tecnología estaba aquí para facilitarnos la vida y hacer más eficiente nuestro trabajo, lo que pasó fue que el celular se convirtió en nuestro principal verdugo: ya no podíamos escapar del mensaje o llamada del jefe a ninguna hora ni en ningún lugar… Ni siquiera en el baño tenemos un poco de paz y privacidad.

Otro cambio se lo debemos a la comunicación. La mayor cantidad de canales de información genera sociedades más conscientes de sus derechos, que se enteran de las corruptelas, malas prácticas y estafas de las grandes empresas, que averiguan los enriquecimientos ilícitos o tramposos, y que ya no quieren ser parte de corporaciones poco éticas que no las incluyen en sus planes o que destruyen al planeta para ganar dinero.

En un mundo así el “jefe clásico”, el que tiene la primera y última palabra, que parece más un militar que un líder, que no escucha a su equipo ni lo incluye en la toma de decisiones vitales, que ordena y no consensúa, que cree saberlo todo, no tiene cabida.

Para colmo de males vino la pandemia y esos jefes se enfrentaron a una catástrofe para la que no estaban preparados. Con la obligación del teletrabajo sintieron que perdían el control y, para tratar de evitarlo, pusieron junta tras junta por Zoom para “supervisar” que su equipo estuviera trabajando y no mirando series en Netflix.

Jamás entendieron que trabajar en casa es un reto mayúsculo al no tener privacidad ni espacio, al tener que combinarlo con el cuidado de los hijos, con la ayuda a las parejas, con la limpieza y orden de la casa.

Frente al agotamiento, estrés y depresión en la que empezaron a caer los miembros de su equipo, los jefes no supieron qué hacer. En lugar de dejarlos respirar, los atracaron con más y más proyectos, con más juntas inútiles y hoy los están llevando al borde del quiebre. ¡Cuidado! El desequilibrio mental y emocional de los empleados será la siguiente pandemia global y será mucho más costosa, tardada y difícil de superar que la del coronavirus.

“Un líder es un negociador de esperanzas”, dijo Napoleón Bonaparte. Urgen líderes y no jefes para enfrentar esta crisis. Hoy nos urge la esperanza.