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Opinión

La movilidad urbana sustentable es una de las soluciones públicas para resolver el problema del tráfico y todos los derivados que los embotellamientos conllevan: estrés, baja productividad y el más alarmante, contaminación.

Por eso es normal y hasta trillado que ante cualquier discusión sobre el tema de qué hacer ante el gigante estacionamiento de automóviles en lo que se ha convertido la ciudad, la respuesta sea casi inmediata: “más transporte público” porque si no existe tal parece que nuestro drama urbano de dejar de usar excesivamente el coche no se resuelve.

Pero el gran dilema es que el mentado transporte público es insuficiente, ineficiente y lo más grave: carece de elevados presupuestos. Y, es que, ningún transporte público subsidiado o concesionado cuesta barato.

Por otra parte, la gente demanda que sea barato y a la vez acorde a sus necesidades de traslado. Esto amerita una gran conclusión que quizá termina en un perro se muerde la cola porque ambas cuestiones no son sencillas y no se solucionan tan fácilmente.

Y eso que llevamos años de ser considerada una Zona Metropolitana y a penas, con mucha vergüenza, se cuenta con dos (sí, dos) líneas de metro que a penas tienen la deshonrosa cantidad de 84 vagones cuando el de la Ciudad de México cuenta con 3 mil trescientos treinta y tres, por tan sólo poner un ejemplo.

Aunque existe un gran clamor aún no alcanza la crisis álgida como para hacer entender que sin la conclusión de estos proyectos como la incursión de otras formas de movilidad están haciendo que nuestra calidad de vida se reduzca a las mínimas posibilidades de sobrevivencia.

Tenemos, entonces, no sólo que enfocar nuestra atención en los macroproyectos, sino en aquellos que los alimentan: las calles, las ciclovías, las paradas de autobús, que son más económicas en inversión y que igualmente impactan en los traslados.

Por algún lado debemos empezar en la medida en que seguimos demandando mayor calidad y cantidad en el transporte público. Porque está claro que es uno de los mayores problemas sin resolver en las últimas administraciones y que se podría si tan sólo hubieran mayor visión urbana, voluntades políticas e inversión pública y privada que colaboren en otras alternativas.

Esto quiere decir que cualquier traslado importa por más mínimo que sea. No sólo los proyectos gigantes de movilidad le dan sentido a la misma.

Ahora bien, si la cercanía es lo que importa, ¿no será que estamos haciendo las cosas al revés? Que en lugar de seguir provocando (como ya está pasando en otras urbes del mundo) que la extensión de la ciudad hacia la periferia, concentremos los esfuerzos en compartir el territorio.

Porque no va a haber presupuesto ni transporte público que alcance si seguimos pensando en que lo que importa es tener que trasladarnos a dos horas de donde hacemos la vida. Tendríamos que recuperar el concepto básico de la movilidad que es mover personas, no sólo autos. Y de preferencia que éstas se muevan en sus proximidades.

Soy de las que desde hace años piensa por esa lógica esto: No es la movilidad, es la cercanía. Tendríamos que vivir donde hacemos la vida y priorizar nuestros traslados cortos.

¿Pasará en el futuro de esta metrópoli compleja y rezagada de los avances urbanos en el mundo? Ya veremos.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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