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Opinión

La memoria es una parte esencial del ser humano. Gracias a ella formamos un vínculo emocional con los objetos porque pueden evocar algún aspecto de nuestro pasado, como una guitarra que nos haya regalado nuestro papá en algún cumpleaños, o una taza de té grasienta capaz de regresarnos a aquellas tardes lluviosas de juegos de mesa con nuestros primos. Nos ayudan a crear una personalidad a partir de una experiencia positiva, como convivir con algún familiar en el parque Lincoln y que por eso nos guste la naturaleza, o una negativa, como haber vomitado mientras sonaban canciones de Vicente Fernández y por eso automáticamente odiarlas. Igual nos hace aprender, desde cuestiones de lógica como operaciones matemáticas hasta lecciones de vida, como es que la confianza se gana, cortar relaciones tóxicas de tajo o aprender a quererse antes de querer a otra persona.

La memoria nos vuelve humanos.

¿Qué pasa si la perdemos? ¿O, en su defecto, le dejamos la tarea a alguien más?

Los aparatos tecnológicos amenazan con, mediante aplicaciones, apoderarse de ese proceso cognitivo. Robarse, poco a poco, nuestra humanidad.

La serie Westworld, de HBO, nos muestra las implicaciones que eso podría tener a gran escala. Sus protagonistas son androides prácticamente idénticos de su contraparte humana. La tesis central de la narrativa nos dicta una tesis compleja, pero ciertos puntos certeros: la memoria, a partir de su construcción y conceptualización, nos hace humanos.

Si un robot posee esas características, podría generar simpatía, lógica, empatía y un entendimiento trascendente del ser. Con todo eso, ¿lograrían las máquinas ser indistinguibles de los humanos? Peor aún, ¿será posible que, como lo han especulado cientos de historias de ciencia ficción, nos reemplacen?

Tal vez parezca exagerado, pero desde el inicio de los tiempos ha habido un debate acerca de la preservación de la memoria. Cuando se inventó la escritura, Platón, pese a reconocer el empuje de la filosofía gracias a este utensilio, incluso con la posibilidad de poder ser compartidos en la posteridad, rechazaba su potencial para preservar la memoria, catalogándola como una herramienta capaz de dañarla.

En tiempos modernos, esa concepción no se tiene, al contrario: la escritura se considera una herramienta básica para la vida moderna, desde apuntes para los niños y jóvenes, hasta para agendas, así como materiales para anotar pendientes o tener las ideas a la mano.

El ser humano no es tan poderoso como cree. Por ello necesita de herramientas para enfocarse totalmente a actividades más emotivas. La lógica, además de lo mecánico, ha abarcado mucho del pensamiento conceptual del ser humano, con el fin de generar trabajos donde se desarrolle la parte sensible, creativa e imaginativa del hombre, supuestamente única de nuestra especie.

Pero, ¿por qué se siente distinto escribir ideas en un papel a hacerlo en un teléfono inteligente o una computadora?

Después de todo, el cuaderno es un objeto inanimado, con emociones atribuidas solamente por el significado aportado por su usuario. Adquiere “vida” de esa forma.

Las computadoras tienen memoria. Distintas habilidades. Son capaces de actualizarse, aprender de los errores. Paso a paso, el objeto tieso e inofensivo va mutando a un ser superior, cuyos trucos van acaparando a su sujeto, volviéndolo dependiente de él por todo el auxilio que puede ofrecer.

Las computadoras tienen memoria. Distintas habilidades. Son capaces de actualizarse, aprender de los errores. Paso a paso, el objeto tieso e inofensivo va mutando a un ser superior, cuyos trucos van acaparando a su sujeto, volviéndolo dependiente de él por todo el auxilio que puede ofrecer.

En un futuro próximo, el celular se convertirá en un humano. ¿Seremos capaces de vivir con él? ¿O nos dominará?

La clave está en no perder nuestra esencia.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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