Confieso, “Birdman” estaba fuera de ser mi favorita para la estatuilla a Mejor Película la noche de los Premios Oscar. Algunas personas me decían lo mismo agregando “Pero cuando va un mexicano (en las nominaciones) le voy al mexicano”, disiento del comentario. En el fondo creo que se vale escoger la opción que sea, y no solo apelar al sentimentalismo de la patria.

Cuando James Lipton invitó a Robin Williams a su programa “Inside the Actors Studio” le preguntó “¿Cómo es la experiencia de ganar un Oscar?” a lo que Williams respondió: “Es tan surreal”, e inmediatamente el desaparecido histrión imita las reacciones de cómo se vive el duelo de perder el galardón, y también cuando al fin llega la oportunidad –literal– de oro, volviéndose un momento en slow motion.

Esa sensación de cámara lenta me llegó a partir de que “El Negro” se hizo acreedor del premio a Mejor Guión Original. Algo dentro de mí se congeló, tal vez la emoción contenida de saber que a continuación estaba por pasar lo que marcaría historia para millones de mexicanos.

A partir de que Iñárritu se coronó como otro mexicano que por doble año consecutivo ganaba el Oscar a Mejor Director, todo fue cámara rápida y en un parpadeo terminó la transmisión conducida por Neil Patrick Harris. 

Tan fugaz fue el momento que perdí el fragmento del discurso de Iñárritu cuando nuevamente subió al estrado a reclamar el Premio a Mejor Película del Año.

Si lo perdiste también, aquí cito el punto importante: “Rezo porque podamos encontrar y construir el gobierno que nos merecemos y los que están siendo parte de la última generación de inmigrantes en este país (EU), solo rezo porque puedan ser tratados con la misma dignidad y respeto de aquellos que llegaron primero y construyeron esta increíble nación inmigrante”.

Años atrás causalmente en un cine de Monterrey me topé a Roberto Villarreal –cinéfilo empedernido y director del teatro de la ciudad–. Al preguntarle dónde me recomendaba estudiar séptimo arte respondió: Vete lo más lejos que puedas de este país.

Es ahí en la memoria donde viven sus indelebles palabras y celebro que no solo cineastas, sino científicos, deportistas y más mexicanos estén fuera de la tierra azteca que los vio nacer, no porque den de que hablar de un país tercermundista y paren en alto un estandarte que los mexicanos desean colgarles, celebro que tengan en su triunfo el sentido de ser independientes a una nación a la que nada se le debe, más que una nacionalidad.

Un sabio me dijo esta semana “Crecer duele”, otro mencionó “Nadie te va a decir ‘Pásele aquí le damos su lugar’”, ambos tienen razón. Los tres mexicanos 

–Cuarón, Del Toro e Iñárritu– han tenido que forjar su brecha por sí mismos para ahora figurar en suelo estadounidense, le pese a quien le pese.

Hace años, una gran amiga al compartirle un pequeño logro profesional me escribió “Tus triunfos son mis triunfos”, ella es colombiana. Ahí es cuando creo que más que el aplaudir una frontera, se debe apreciar el gusto de un logro universal por el placer de compartir el éxito. 

Esos Oscares NO son de México, pero SÍ son de los mexicanos que los forjaron a base de sudor, sangre y esfuerzo.