Es evidente el “apocalipsis urbano” que existe a nivel global: ciudades desconectadas que crecen en territorio pero no en población, cuya infraestructura ni presupuestos alcanzan para la gente más pobre, en donde la calidad de vida es una mera sobrevivencia al agotamiento de los recursos naturales, la contaminación y un sin fin de enfermedades derivadas, como el estrés, por ejemplo.

Nos hemos ido “comiendo” montañas, ríos, lagos, desiertos, sin sentido alguno. Las “casitas” en serie allá donde no hay escuelas, ni parques ni hospitales es la fotografía área más dolorosa de este país en rezago urbano.

En la fórmula tradicional, los pocos “planeadores” urbanos y gobernantes, desde los años ochenta con el boom del crecimiento por la migración y otros factores, tomaron decisiones que en su momento fueron oportunas, pero que en una miopía de resistencia al cambio no fueron una apuesta de futuro a largo plazo, sino de ese “cortoplazismo”que invade al país.

Llegué al urbanismo hace diez años. Mi pase de entrada fue resolver la inseguridad territorial a partir del diseño de escala humana. He transitado por muchas formas de ver el problema de la inmovilidad. Hoy; después de la experiencia y de hacer teoría como académica, tengo una nueva hipótesis: la crisis climática es también una crisis de tráfico. Me explico.

No hay autos ni vialidades que alcancen para mover personas en urbes donde el 80 por ciento de la población vivirá en ellas para el 2030 y con el costo de salud pública que está cobrando, lentamente, la vida de 50 mil mexicanos al año. Que nos asfixia de forma silenciosa y menos visible a través de metales pesados en partículas PM10 y que está generando pérdidas de más de 800 millones de dólares al año.

Entonces. La crisis climática es también una crisis de tráfico, pero a la vez económica y energética. Debemos comenzar a ver el problema con nuevos ojos. Sobre todo cuando la industria también está generando más desarrollos tecnológicos para dejar de depender sólo de combustibles fósiles. Es decir, el mercado y la sociedad -Con o sin permiso de los gobiernos o con o sin leyes- están renovando producción y consumo.

Quizá la pregunta más importante de las urbes del siglo XXI, podría ser: “¿cómo mover personas y al mismo tiempo reducir la contaminación y con ello todas las externalidades negativas?”. La respuesta es compleja y al mismo tiempo no.

La electromovilidad hace un gol tripartita en desarrollo económico, sustentable y energético. El punto de conversión energética resultaría en saltos cuánticos en tanto tenemos más infraestructura y otra forma de producir energía. Una industria alimenta a la otra creando una economía circular.

De ahí que propusimos esta semana hacer cambios en las leyes mexicanas para que existan incentivos suficientes precisamente para abaratar costos, alentar la transición energética, crear oportunidades de nuevos mercados y, por supuesto, reducir la contaminación que como asesino silencioso nos está matando.

Estos cambios no sólo son para autos eléctricos, sino aplicarían en cualquier vehículo que use otras formas de energías.

Si tenemos una pregunta del siglo, tenemos una respuesta del siglo que va más allá del Desarrollo Urbano y el diseño de las ciudades: aquí y ahora tiene que ser la transición energética al menor tiempo en el menor costo posible. Incentivarla es garantía de calidad de vida. De eso, después de tantos años de trabajo y como respuesta a los miles de jóvenes que nos exigen a los políticos en el mundo, puedo decirles que estoy segura.