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Opinión

El miércoles no fue un día común para los internautas. Porque, tras estar acostumbrados a nuestras redes sociales, alrededor de las 12:00 horas surgió la caída de Facebook, Instagram y WhatsApp, propiedad del magnate de negocios virtuales, Mark Zuckerberg. Al parecer, es una de las caídas más largas en años para el conglomerado cibernético.

Aunque no fue una normal. Es decir, las redes continuaban en funcionamiento, pero no en las condiciones óptimas exigidas por los usuarios. Los mensajes de voz y las fotos no se mandaban, las stories no terminaban de cargar para subirse y las publicaciones de Facebook quedaron en víspera de ser lanzadas al ciberespacio.

Twitter sirvió como refugio para muchos, quienes no desaprovecharon el tiempo para burlarse de Mark, calificar al pajarito como el victorioso y, sobre todo, denunciar a las otras redes como fracasadas.

Así, se reveló qué tan dependientes nos hemos convertido de las redes sociales en la actualidad. Es increíble la ansiedad de varios usuarios por no poder estar constantemente conectados a sus aplicaciones de preferencia.

Pero no sólo se trata de cuestión de adicción, sino también porque la adaptamos a nuestras necesidades.

Para empezar, WhatsApp es “LA” aplicación de mensajería instantánea. La mayoría se comunica mediante ella a través de grupos, mensajes privados, cadenas, entre otros.

La red suele ser indispensable para mandar fotos de la tarjeta para el depósito hasta para compartir emojis de desesperación a tu amigo de confianza.

Por otro lado, está Facebook. Herramienta de información fundamental y también una vía importante de contacto con empresas, conocidos o terceros. Mediante los grupos, las páginas o los estatus se puede pedir ayuda para distintas cosas, como el apartado de un restaurante, la reventa de boletos para un concierto o inclusive organizar eventos sociales de una forma práctica y segura.

Por último está Instagram, el pilar de la comunicación visual. Ahí se acostumbra subir más trabajo fotográfico o artístico, para el deleite de millones de personas en constante conexión con la red. Conocer influencers, compartir ilustraciones o logros y buscar la base para conocer la “cara” de varias organizaciones son algunas de las funciones de esta red social.

Las tres se muestran muy importantes para el consumo mediático diario. Sin embargo, es una evidencia de cómo funcionamos como humanos. Nos vamos adaptando hacia los avances de la tecnología, mas, inconscientemente, nos acostumbramos a ellos.

Por ejemplo, tiempo atrás el ser humano vivía sin un teléfono celular. Ahora nos cuesta mucho trabajo vivir sin él. Ni siquiera podemos concebir un día sin batería cargada.

Lo mismo con el internet, la televisión, la luz, el agua, el gas… ¿Será que la tecnología poco a poco nos vuelve más inútiles y dependientes?

La caída de estas redes sociales da una evidencia de ello. Es lógico usar las facilidades para resolver problemas: para eso están. Sin embargo, tales nociones desarrollan un problema, porque provoca una dependencia fuerte hacia esas herramientas.

Cae WhatsApp, por ejemplo, pero no se nos ocurre contactar a la persona vía correo electrónico, SMS o por llamada telefónica. Nada más nos frustramos.

Queremos conseguir una sala de eventos para una fiesta, pero no se nos ocurre buscarla en Internet, sección amarilla o anuncios en el periódico. Simplemente fruncimos el ceño y nos enojamos porque nuestro aparato no nos resuelve la inquietud.

Tratamos de subir una story para darle difusión a un producto, sin embargo no pensamos en resolverlo con Snapchat, o enviando mailings o alguna otra cuestión.

Los avances tecnológicos pueden provocar un retroceso en el pensamiento pro activo o propositivo. La comodidad puede convertirnos en holgazanes caprichosos.

Habrá que prever alternativas. Las redes nos consienten, mas debemos saber vivir sin la mamá gallina. ¿O qué? ¿Se nos olvida el celular y ya no sabemos cómo regresar a casa?


* Esta opinión no refleja la del periódico

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