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Opinión

La época de los forajidos llega a un ocaso, aquellos que fueron inmortalizados en el cine como gatilleros del viejo oeste, los asalta casinos seductores del Rat Pack de Frank Sinatra o los estafadores de billar hechos a la escuela de Paul Newman como Edward “Fast Eddie” Felson en El color del dinero (1986).

Ese tiempo en el que resultaba fascinante ser un vividor en la pantalla de cine se termina con Robert Redford, quien llegó con su última película a cuadro a los cines nacionales, Un caballero y su revolver (2018), que resulta ser una melodía de despedida para el que también fuera Sundance Kid y gustara de robar a los trenes llenos de dinero a cuadro.

Sabiamente, Redford sabe retirarse con este filme que es una oda a su carrera en el género de bandidos, sobretodo porque gana su simpatía al interpretar a Forrest Tucker, un hombre mayor que sin importar su edad, sigue llegando a los bancos como todo un gallardo y con sólo mostrar su arma, recibe sin chistar el dinero de las bóvedas infranqueables.

Todos los gerentes concurren en la misma opinión “se mostró como un caballero, nunca nos amenazó, sólo nos pidió el efectivo”, así es como Tucker salía ventajoso de sus atracos, que más allá de la ficción, estos sucedieron en la vida real.

Por si fuera poco, el criminal era un amo del escapismo, ya que no sólo logró burlar la seguridad de un reclusorio, sino de varios en su vida, incluida la Prisión Estatal de San Quentin, su vida era la pasión por la libertad.

El largometraje dirigido por David Lowery, de tan sólo 38 años de edad, tiene una atmósfera cargada de añoranza. Además de Redford, se suman al reparto icónicos rostros como Danny Glover y Tom Waits, la triada conformaba la “pandilla cuesta abajo”, mote que hacía alusión a su senectud y le fue apodada por los agentes de seguridad pública que iban tras su pista.

Daniel Hart compone el soundtrack impregnado de jazz, marcando un ligero tono de adiós al ladrón, suficiente para que tampoco la emotividad se salga de control, ni caiga en la nostalgia.

Un caballero y su revolver es el sueño con el que todo gran actor desearía jubilarse de su carrera artística, porque ¿quién no ha jugado alguna vez a policías y ladrones, sabiendo que lo divertido es mofarse de la ley y haciendo lo incorrecto?

En lugar de escapar con el ocaso cabalgando hacia el oeste, Redford sale disparado manejando como bólido encolerizado, con el acelerador a fondo y los azules pisándole los talones, dejando tras de sí el vuelo de los billetes que se fugan de su cajuela desvencijada, con una sonrisa y como queriendo decir “nunca me atraparán”.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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