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Opinión

La mayor parte de las instituciones públicas y privadas viven la aspiración de permanecer siempre estables y, por supuesto, también es un anhelo de los individuos. Sin embargo, la noticia es que en el siglo 21 debemos estar listos para todo lo contrario, hay que prepararnos para administrar el CAOS. Si lo más seguro que tenemos es la muerte, para el hombre del siglo XXI lo más seguro es la turbulencia.

Y eso sucede en el mundo de los mercados globalizados, como en la percepción de las personas. Si China hoy consume más carne, como consecuencia de su mayor poder adquisitivo, provoca inestabilidad al mercado mundial de ese producto. La información viaja instantánea y entonces la noticia agita a consumidores y productores en todo el planeta.

En el mundo antiguo la información tardaba en llegar mucho tiempo. Hoy hasta los secretos de Estado quedan al descubierto con plataformas como Wikileaks. Cada día surgen cientos de miles de apps para los teléfonos inteligentes y esa explosión de creatividad tecnológica puede desestabilizar las marcas que hoy quisieran navegar seguras. El mercado ya no es estable y los consumidores no son leales a las marcas, brincan de novedad en novedad, solo Apple ha logrado crear un frágil lazo emocional con el usuario. El caos hace rugir al mundo.

El vértigo en el que parecemos vivir se alimenta de las notas instantáneas y genera percepciones que incrementan este caos. Hoy tenemos miedo de cosas que no existen, alimentadas por esa velocidad para satisfacer las nuevas “necesidades”. Mientras nuestros antepasados tenían temor de cuestiones naturales que podían terminar con su existencia: un rayo, una bestia, un terremoto, el hombre actual tiene pánico sobre asuntos que no existen o no han sucedido: el deseo de ser aceptado, el deseo de la fama, la conquista del futuro. El miedo de no ser amado, de no ser seguido. Esta combinación pone en una tensión constante al ser humano de nuestros días.

La noticia es que el caos no se irá y que debemos aprender a administrarlo. Un poema que se le atribuye a San Juan de la Cruz es aquel que desafía la ambición y el miedo: “Que no me mueva mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido (ambición), que no me mueva el infierno tan temido (el miedo), muéveme Tú (el amor)”. 

La paradoja es que el amor y el vértigo van de la mano. Algún día comentó Martín Descalzo que todo lo que pasa a la altura del corazón, pasa a la altura más vertiginosa. Es el caos. Incluso la cibernética nos enseña que del caos nace la vida, en esa frontera exacta donde el frío y el calor se combinan para dar paso a la existencia humana.

Así que la estabilidad es un sueño guajiro, sobre todo hoy que se nos llena de percepciones sobre el futuro y hay una explosión de conocimientos y sucesos que invaden nuestra mente. Y a pesar de todo ello la respuesta, como diría Erich Fromm, se encuentra en el corazón del hombre. Mientras ahí no se encuentren las herramientas que lo hagan surfear en la alegría o la tristeza, en la guerra o en la paz, perderemos la capacidad de vivir intensamente.

Es por eso que a veces todo nos parece ir más rápido en la cabeza, y el corazón se detiene y viene el infarto. Cuando la cosa debería ser al revés. Frenar a veces la razón para que hable el dulce latido del corazón, y aprendamos a deslizarnos en el caos de la vida moderna.

Philip Kotler, el experto en marketing cita en su libro “Caótica” una frase de Lord John Browne, que me parece fascinante: “Desechar la ilusión de que se puede predecir el futuro es algo muy liberador. Todo lo que uno puede hacer es darse la capacidad de responder a lo único seguro en la vida, que es la incertidumbre. La producción de esa capacidad es el propósito de la estrategia”. 

No es que no haya solución, lo que sucede es que no vemos cuál es el problema.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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