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Opinión

Esta semana, los mexicanos y el mundo se despiden de José José, también conocido como “El Príncipe de la Canción”. El intérprete falleció a los 71 años de edad, presuntamente a causa de cáncer de páncreas. Sin embargo, las repercusiones de su muerte son controvertidas, pues una de sus hijas, Sara Salazar, con quien vivía antes de fallecer, se negaba a revelar al paradero del cuerpo del difunto. Hay incluso quienes sospechaban de la veracidad de la muerte de la figura mexicana, por todo el círculo mediático que se ha generado alrededor de los hechos.

Pero esta no es la primera ni la última vez que ocurre algo así. El mismo aire de desolación, así como de incertidumbre, sigue presente con la despedida de Juan Gabriel, Michael Jackson, entre otros famosos. Es porque, al igual que en la realidad, nos cuesta apartarnos de un ser querido, reconocer su ausencia en nuestra vida. Ahora bien, cuando se habla de una figura pública, sobre todo en la época actual, es fácil perderse en el frenesí de reacciones, incluso sin haber conocido a quien se le está rindiendo homenaje.

Por un lado, como sociedad, es inevitable querer pertenecer, o saber de qué se está hablando. En el caso de José José, por ejemplo, muchos ahora escuchan la música del difunto, ya sea por nostalgia, o simplemente para estar al tanto. De forma exagerada, habrá quienes digan haber amado su música sin conocerla realmente, o se obligarán a que les guste ahora porque “está de moda”.

Por otro lado, existe la fuerza de la negación, como se comentó con anterioridad, con la controversia acerca del paradero de sus restos. Podría ser una nota periodística fundamentada, o ser paja jugosa con el fin de rellenar la agenda mediática, en especial la de entretenimiento y espectáculos.

En última instancia, está la parte del sarcasmo o de la burla, clásica del público mexicano. Con la muerte de José José, han circulado memes en redes sociales tratando temas como sus problemas de alcoholismo, o la controversia alrededor de Sara Salazar.

A través de los factores, cuyas consecuencias se propagan en redes sociales, es pertinente preguntarse: ¿Se respeta el valor histriónico y cultural del artista? ¿O sus escándalos, tanto en vida como en muerte, acaban por estorbar su descanso eterno?

Es cuestionable, porque depende desde dónde se vea a la estrella para saber cómo permanecerá con el público. Un caso peculiar es el de Amy Winehouse, quien, pese a tener una historia turbulenta con las drogas y el alcohol, realmente se le recuerda por su estilo particular para cantar, el carácter íntimo de sus letras y una actitud capaz de trascender a quien la escuchaba. Por otro lado, aunque es innegable el éxito de Michael Jackson, el documental de HBO, “Leaving Neverland”, en donde se revela cómo el cantante abusaba de menores de edad de una forma maquiavélica, pone en tela de juicio toda su trayectoria.

Las redes sociales ayudan a permear el legado de un artista. Su participación es crítica en cuanto a la propagación de noticias negativas sobre una figura pública. Así como estrellas pueden nacer mediante el Internet, otras pueden estallar gracias a un escándalo. Además, sin el histrión presente para desmentir las acusaciones o defenderse, su patrimonio queda en manos de quienes lo velan.

¿Qué inscripción dirá la lápida digital de José José? ¿Bajo qué estándares se le recordará? Sigue siendo un misterio, sobre todo con el debate de su muerte todavía caliente. Sin embargo, recuerda a la audiencia el poder de las palabras, intocables pero con secuelas más allá de su apariencias.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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