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Opinión

Por siglos hemos buscado predecir el futuro y muchas veces ese poder de imaginación es el motor mismo que lleva hacia ese futuro soñado. El ser humano primero imagina, sueña y luego construye. Leonardo Da Vinci imaginó maquinas que volaban, Nostradamus observó edificios que llegaban al cielo y Zamiatin predijo un mundo donde la privacidad no existía. Aunque tardaron siglos en llegar los cambios llegaron y el futuro se volvió realidad.

Nuestra época nos ha acostumbrado a los aviones, a los rascacielos y a las redes sociales, pero no por ello hemos dejado de imaginar el futuro. Decenas de películas y libros han proyectado futuros llenos de robots superinteligentes cuyas capacidades acaban por volverse un peligro para la supervivencia de nuestra especie humana. Estos escenarios se han desarrollado sobre todo en el ámbito de la ciencia ficción, pero según algunos científicos, no son tan remotos como creemos. 

Hoy en día existen robots que han superado al ser humano en áreas específicas como el ajedrez y la aviación, a esta tecnología se le conoce como “narrow AI” o Inteligencia Artificial estrecha, pero también han habido avances muy importantes en el desarrollo de robots que tienen la capacidad de resolver problemas por sí mismos,  sin recibir instrucciones de nadie.  Con ello el prospecto de desarrollar “strong AI”, Inteligencia Artificial fuerte, aquella que supere a nuestras propias capacidades mentales, se ha elevado. 

Pero, ¿qué es lo que nos preocupa del desarrollo de esta tecnología? El problema tiene que ver con el nivel de desarrollo que alcancen estos robots. ¿Qué pasará  cuando produzcamos máquinas capaces de producir otras máquinas más capaces que ellas? Si nuestros robots pueden crear nueva tecnología seguramente llegará un punto donde crearán tecnología que nosotros no podamos producir, ni controlar. La cuestión de si algún día habrá máquinas tan inteligentes como el ser humano es irrelevante, la pregunta es cuándo sucederá. 

Aunque suene a ciencia-ficción el escenario es considerado casi inevitable por muchos científicos y pensadores. El antecedente es claro, la naturaleza ha sido capaz de crear inteligencia avanzada dentro del pequeño espacio confinado de nuestros cráneos, si la naturaleza lo hizo no hay razón para creer que repetirlo es imposible.  Si esto sucediera es improbable que los robots compartieran los valores culturales y sociales del ser humano. Nuestra compleja psicológica y con ello nuestras emociones son producto del desarrollo milenario de nuestra especie, su necesidad de adaptación y su naturaleza social. Sin este bagaje cultural las máquinas inteligentes no tendrían por qué adquirir estos mismos valores.

De hecho, el físico Max Tegmark argumenta que los robots inteligentes carecerían de dos características esenciales de nuestra conciencia humana: la individualidad y el miedo a la muerte. Tegmark subraya que las máquinas son capaces de respaldar toda su información y transmitirla a otras máquinas y en ese acto se perdería la distinción entre el tú y el yo. De tal forma, Tegmark concluye que las “Inteligencias artificiales se sentirían más como un organismo único con una mente colectiva.”  

Aunque estos escenarios seguramente no sucederán por muchos años, la plausibilidad de que sucedan es tal que Oxford y Cambridge han creado Institutos para estudiar el riesgo de supervivencia de la especie humana ante la Inteligencia Artificial. A ambos institutos los une una sola motivación, si no empezamos a evaluar esta posibilidad desde ahora es posible que nuestros días como especie estén contados.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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