Aunque cuatro años en política es una eternidad –ya no digamos un sexenio-, los actores, tanto en Estados Unidos como en México, se mueven hacia esa meta en el tiempo y no está de más seguirles la pista.

Cierto. Son caldos que se cuecen aparte pero coinciden en sus aspiraciones. Ella, Hillary Clinton, arranca su campaña alejada del mundanal ruido, escribiendo sus memorias, mientras Marcelo Ebrard abiertamente la inicia en diciembre, o siempre ha estado en ella.

Aunque la saliente secretaria de Estado ha dicho que no contenderá (su rechazo no suena muy convincente que digamos), ambos son ya precandidatos extraoficiales en dos países que apenas inician nuevos gobiernos, el de EPN -que dura hasta 2018- y el segundo de Obama –hasta 2016-. Cosas veredes de la política.

Y que ambos tengan rivales fuertes y visibles: Miguel Ángel Mancera, en el caso de Ebrard, y Joe Biden, en el de la Clinton, abona terreno para quienes disfrutamos seguirle los pasos a los que podrían corregir –o todo lo contrario- el rumbo de dos países que, como escribió Alan Riding en 1985, siguen siendo “vecinos distantes”.

La funcionaria, cuyo nivel de aprobación es hoy por hoy es el más alto de sus 20 años de vida política, despierta pasiones encontradas.

Por un lado, la esposa del ex presidente demócrata más influyente del siglo 20, se ha ganado un importante apoyo global tras su peripatética existencia de los últimos cuatro años, y goza de una enorme reserva de cariño -y, algunos dirían, de culpa- entre quienes recuerdan su lucha fallida contra Obama en las primarias del 2008.

Pero algunos la detestan. La tildan de hipócrita, de neurótica incluso. Un observador político recientemente escribió “ha sido un desastre, cero logros” y su “complacencia con la tiranía en el mundo sin tener en cuenta a las víctimas ha sido atroz”.

Lo que es un hecho (no política ficción) es que la Clinton no le entrará a ninguna campaña a no ser que esté convencida de que va a ganar la batalla final, cosa que si fuera ahora mismo, pasaría, según las encuestas.

El caso de Ebrard es ligeramente distinto. Sus niveles de popularidad han bajado de manera alarmante a pesar de que se ha pasado el último año de su gobierno en una suerte de campaña de relaciones públicas, que ha incluido una boda con una atractiva diplomática hondureña.

En septiembre pasado, 56 por ciento aprobaba su desempeño, en contraste con tres meses antes, cuando el todavía jefe de gobierno del DF (hasta el cinco de diciembre) contaba con el respaldo de 64 por ciento, según una encuesta de un diario nacional.

Pero en julio pasado, cuando perdió AMLO frente a Peña Nieto, todos hablaban que Marcelo hubiera sido un mejor candidato.

Y sí, sigue siendo un candidato atractivo que buscará sin duda enamorar a los del otro lado del espectro político: la derecha. Porque después del líder histórico del perredismo mexicano, Cuauhtémoc Cárdenas, es suyo el título del político de izquierda más popular del país, según el más reciente Populómetro BGC-Excélsior de políticos en activo de la izquierda mexicana.

Pero ojo, ahí están Biden, en pleno ejercicio del poder, al lado de Obama, y Mancera, quien arrasó en las elecciones para jefe de Gobierno del DF, e inicia su carrera con el pie derecho, en todos los sentidos.

La moneda sigue en el aire.