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Este viernes 17 de abril se cumple el primer aniversario luctuoso de Gabriel García Márquez.

La ocasión convoca a recordarlo, a leerlo. A releerlo como un clásico, como un autor de cabecera. Pero a Gabo hay que comenzar a leerlo con menos generosidad, con rigor, pero no necesariamente para sentir aversión, sino para incrementar el entusiasmo por lo que encontramos en sus libros. Además, soy incapaz de advertir sus límites en su obra, incluso los prejuicios en torno a su celebridad de personaje público. Autores de obras como “Cien años de soledad” suscitan admiración, devoción, pero de igual modo repulsión. La prioridad de evitar subirlos al pedestal, o de bajarlos a toda costa, sucumbe a la tentativa de confundir humanizar al personaje con destruirlo, hacer de sus contradicciones literarias y biográficas motivos para desacreditar toda una obra y toda una existencia. Es imprescindible ubicar los hechos, y la obra, en contexto para conocer, comprender, valorar.

A García Márquez hay que darle las gracias. Yo le agradezco sus empeños precursores por un nuevo boom de la crónica en América Latina. Desde principios de los años noventa del siglo veinte, Gabo fundó la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, estimulando una explosión de cronistas y publicaciones que han capitalizado y reivindicado las posibilidades narrativas del periodismo. A García Márquez hay que agradecerle eso: fue un Nobel que nunca dejó de sentirse reportero.

También le agradezco el que en sus libros encontramos respuestas a nuestras interrogantes, a nuestras inquietudes. Fue nuestra puerta de entrada a esa autopista paralela de la literatura y el periodismo, en la que escritores transitan como periodistas y periodistas conducen como escritores. Una autopista en la que la literatura y el periodismo deben llegar a un mismo destino: la credibilidad. La literatura arriba ahí sobre las ruedas de la invención y la ambigüedad; el periodismo montado de manera impostergable, incondicional, en la precisión y la verificación. De este modo, el García Márquez escritor sólo puede entenderse con el García Márquez periodista, y viceversa.

Con García Márquez, con sus crónicas y reportajes, descubrimos cómo lo nimio y lo ordinario puede volverse interesante y extraordinario, cómo hacer noticia de la nada –por ejemplo, el que un ingeniero alemán se afeite con agua de durazno por falta de agua en Caracas–. Sus principales biógrafos consignan que nunca fue un reportero intrépido pero supo mirar la vida con emoción y como un poseso de la escritura: todo fue materia de escritura, y para eso se exigió curiosidad, preparación, talento.

Pero en Gabo no sólo encontramos lecciones técnicas de escritura, sino estímulos morales, que permitieron despojar a la profesión de imposiciones al postular: “La mejor noticia no es la que se da primero sino la que se da mejor”. Puede parecer un consuelo de tontos, al perder la noticia exclusiva, pero esa premisa implica exigencia a investigar a profundidad, verificar y comprobar lo que se escribe con la realidad.

Durante su vida, García Márquez vivió como autor en nuestras vidas, entrañable. A  un año de su muerte, Gabo vive con nosotros.

El autor es periodista cultural y Doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Su trabajo periodístico está recopilado en los libros “Tierra de cabritos”, “Entrevistas a dioses y demonios”, “En la piel equivocada” y “Devotos del deicida. Elogio a Gabriel García Márquez”. 

Actualmente es director de Publicaciones de la UANL.