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Opinión
Nacional
Índira Kempis

Para Javier Sicilia, pacificador.

Con la expresión enfática de este título, frase tan hecha a la mexicana para comunicar un hartazgo insoportable y profundo, así anunciaba Javier Sicilia el inicio de uno de los recorridos más simbólicos que haya hecho un movimiento social en la última década por los rincones de nuestro país.

“Ni un muerto más” y “no más sangre”, eran parte del eco nacional ante una tragedia personal que se sumaba a todas las anteriores a ésta.

Se quedaron grabadas las palabras de Sicilia, cuyo liderazgo ha sido pieza clave del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, cuando anunciaba su retiro como poeta:   “No puedo escribir más poesía. La poesía ya no existe en mí”.

Para muchas familias, sin importar sus condiciones de vida ni su estatus social o sus grados escolares, la vida en vida les ha sido arrebatada… Podríamos pensar que su situación no es algo nuevo, que probablemente se lo merecían, que les tocaba, todo lo que nos venga en una sarta de justificaciones para evadirnos de la realidad.

Pero seamos honestos. Ni tú ni yo, si estuviéramos en esos zapatos, seríamos capaces de enfrentar al dolor propio. Menos al ajeno ¿Quién podría seguir haciendo de la vida una obra de arte si se acabó la inspiración para vivir?

A pesar de que los procesos individuales y familiares son una lucha contra la cerrazón de pensar que todo está perdido, ahí tenemos a los deudos exigiendo lo que por derecho les corresponde y lo que a todos nos beneficiaría en el futuro para que las historias no se repitan vez tras vez.

No es sencillo, al contrario, se ha convertido en el reto diario el sobrevivir a una pérdida de un ser querido, a la ausencia de alguien que amas, sin quererse morir día a día en el intento.

Esa fortaleza interior que en la mayoría de los casos es por elección propia, ha permitido hacer visible lo que nadie quería ver.

Está claro que tampoco debería hacerse una apología del dolor que paralizara el ánimo de buscar justicia. No es el objetivo y no sirve para la salud mental de nadie. Pero lo que debemos reflexionar es que en este país donde el silencio también contribuye a la impunidad, hacer estas denuncias públicas y hablar es un acto, además de valiente, de estar abiertos a un diálogo permanente para transformar las políticas públicas, el sistema de justicia, las instituciones de atención a víctimas, entre otras cosas.

Por eso fue valiosa la Caravana por la Paz en su recorrido ahora por Estados Unidos de América. Por primera vez, organizaciones de la sociedad civil mexicanas y estadounidenses hicieron un llamado común a la paz, la honestidad y la justicia. Encontrar los puentes para la colaboración sin que esto represente tan sólo el desahogo del sufrimiento como del coraje cívico.

Se necesita, entonces, de una ciudadanía atenta a lo que sucede a su alrededor, no para acumular mañanas amargas, sino para acompañar a estos familiares en este largo ejercicio de paciencia. De mentes dispuestas a invertir su talento en las actividades que se requieren en esta transformación. Pero, sobre todo, de empatía ante lo que ninguno de nosotros somos inmunes.

En los años próximos no será suficiente el hartazgo, debemos demostrar con convicciones y acciones específicas los entornos que queremos crear y las condiciones justas del país en que deseamos vivir porque sí, seguimos después de un poco más de un año, hasta la madre.

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* Esta opinión no refleja la del periódico

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