Cuando vamos a nuestro cine favorito es casi una ley que las palomitas sean nuestro aliado y compañero de buen tercio (en caso de ir en pareja), nuestra dupla confidente si vamos solos,  o bien el añadido gastronómico para cuando vamos con los cuates. 

Esta botana que nace del maíz reventado ha sido adoptado por los complejos cinematográficos como su arma por excelencia para mitigar el hambre o antojo de los asistentes, sin discriminar raza, género o gustos apetitosos.

Pero, ¿cómo es que llegaron las palomitas a ser toda una tradición en los cines a nivel mundial? Analizar la historia de este snack resulta interesante y hasta educativo.

En la exposición universal de Chicago de 1893 (World Columbian Exposition, en inglés), se alzó un puente hacia la modernidad que festejaba el cuarto centenario del descubrimiento del nuevo mundo por Cristóbal Colón.

La magna feria era un ejemplo de que la industrialización estaba en puerta para los mercados emergentes y en este acontecimiento histórico surgió un inventor que daría nacimiento a la fabricación de las palomitas de maíz a gran escala: Charles Cretors.

El inventor creó la primera máquina en 1885, misma que dio a conocer al mundo en la exposición de Chicago.

Este aparato tuvo movilidad gracias a los vagones que con ruedas de bicicleta se desplazaban por las calles y daban presencia en plazas, kioscos, circos, eventos deportivos, carnavales, etc.

Casi 30 años después al momento de que llega el cinematógrafo y empiezan a haber salas de proyección de cine es que también empezó la invasión del adictivo entremés a las butacas. Había expendedores afuera de los recintos de entretenimiento que vendían su producto al público que metía las bolsas como contrabando.

Estas espectaculares salas emulaban un teatro, por lo que no era bien visto el dar la apertura a las palomitas para ensuciar las salas y largas alfombras rojas o inclusive hacer ruido con las máquinas que estallaban el grano durante la proyección de la cinta.

Pero llegada la Gran Depresión de Estados Unidos en la década de 1930, el entretenimiento fílmico se convirtió en un lujo que pocos podían alcanzar. 

Una bolsa de palomitas de maíz se vendía entre 5 y 10 centavos de dólar, por lo que siguieron subsistiendo. Los cines para poder salir adelante abrazaron el snack instalando las máquinas al interior de los recintos e incluso vendían más baratos lo boletos para tener el pretexto de la venta del aperitivo.

En cierta manera las palomitas salvaron una industria que estaba destinada a morir por el debacle económico, es así como este matrimonio entre lo gastronómico y lo entretenido sigue funcionando hasta hoy.

Las ganancias para una exhibidora actualmente radican en el servicio de dulcería más que en la venta de boletos, ya que un ligero porcentaje es para quien muestra la película, el mayor porcentaje de la ganancia se lo queda la distribuidora quien paga la mercadotecnia, publicidad y las estrategias de consumo del filme… pero para hablar de negocios fílmicos, como decía la Nana Goya: “esa es otra historia”.