Crecer con The Matrix (1999) y ser parte de esa generación que volvimos un estandarte el movimiento antisistema era pensar en algo, tener un ideal y creer que, en verdad, se puede voltear la cara del destino, que nuestras elecciones y respuestas realmente importan en un mundo donde la mayoría vive “dormido” ante su cotidianidad.

La primera película nos despertó a millones en el globo, a pensar distinto, a mirar el entorno de una forma diferente, a vencer a nuestros propios agentes Smith y mandar al carajo a las instituciones; llegaron los Animatrix y las siguientes dos películas, en 2003, cumplieron expectativas con sus altas y bajas, pero al fin y al cabo era eso: una trilogía que rompió un antes y un después en el cine.

Pero detrás de estas superproducciones, siempre estuvo la verdadera matrix, enfrente de nosotros, en nuestras narices, sin que pudiéramos percibirla, olerla o tocarla, el estudio fílmico que todo lo controla, Warner Bros, que nada de esto le fue suficiente. Ellos, como el Agente Smith, querían más, siempre más.

A los entonces hermanos Wachowski los acosaban constantemente con volver a este mundo distópico en donde las máquinas controlan a los humanos, pero ellos se negaban. El trabajo estaba hecho, una trilogía, dos videojuegos, cómics, cortos animados, juguetes, toda la parafernalia de por medio, pero no, Warner no se cansó y eventualmente puso el dedo en la llaga.

O las ahora hermanas trans volvían a dirigir un reinicio o secuela de la franquicia, o alguien más lo haría por ellas, ese era el ultimátum. La matrix las terminó alcanzando, la persecución llegó a un fin: o unirse o dejar morir una de las ideas más vanguardistas de la ciencia ficción.

Entonces, Lana Wachowski decidió volver, convocó de nuevo a Keanu Reeves y CarrieAnne Moss, una vez que tuvo un guion coescrito con los autores literarios David Mitchell y Aleksandar Hemon, para visitar una vez más a la matrix de ficción, y nuevamente traer a Neo y Trinity a la pantalla grande.

Verlos en acción es una sensación que revive al adolescente interior, tienen esa química que es indisoluble, y funciona a ratos en la cuarta entrega, pero, ciertamente, Matrix resurrecciones es una pesadilla entenderla la primera hora, para después comprender, nuevamente, que nada ha cambiado en ese mundo distópico donde predomina una simulación virtual con los humanos.

¿Qué es la matrix? Es la pregunta máxima por excelencia. ¿Existe realmente? No hay manera de saberlo. ¿Tenemos libre albedrío? Es adentrarnos al terreno de la filosofía, pero otra pregunta medular en el tema es: ¿era necesaria una cuarta parte?

Nadie necesitaba un nuevo largometraje en este universo, pero Wachowski hace el mejor esfuerzo para salir librada de ese encargo por parte de Warner, aprovecha la idea de una metarealidad-ficción y se burla del estudio hollywoodense en su cara.

Ver la película o no, al final, es una decisión que ustedes deben tomar, queridos lectores.

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