Érase una vez Enrique, que después fue Peña Nieto y tras cuatro años en el poder finalmente se convirtió en el señor Presidente, Comandante Supremo de la Fuerzas Armadas.

La designación del nuevo dirigente nacional del PRI, el otro Enrique -Ochoa Reza-, llegó con tanta contundencia, más que con consenso y unidad, que se sintió el manotazo de alguien en la mesa.

Sabemos que de Beltrones no fue, tampoco de las dos estrellas del gabinete, y pese a la vox populi del empujón de Luis Videgaray, fue el presidente Peña Nieto quien actuó como lo que es, el primer priista del país y lo impuso.

Si bien la derrota del tricolor del pasado 5 de junio tuvo como víctima mortal a Manlio Fabio Beltrones, el Presidente se ha dado cuenta que lo único que le queda por hacer es salvar su nombre en la historia. Por que al inquilino de Los Pinos le llegó ya ese momento de reflexión que le llega a todos lo seres humanos en el que nos cuestionamos qué hicimos mal.

El pecado del Presidente fue confiar. No sólo confió en el efecto de su llegada, pero más aún confió de más en sus allegados. Pero en quién no confió fue en él mismo.

En 2012 ganó las elecciones relativamente fácil y el panorama apuntaba a que el Pacto por México y cambios estratégicos en las políticas de seguridad curarían la cruda del sexenio rojo anterior.

Luego empezaron los tropezones y las tragedias. La historia que perdona pero no olvida, se lo ha recordado durante todo este tiempo. Para su mala suerte, la confianza lo traicionó y el rebaño de gobernadores tricolores que han hecho y deshecho le acabaron de cavar la tumba política.

Pero ahora que los funcionarios de alto nivel están más entrados en la política que en las políticas, pareciera que el mandatario a manera de tensar las riendas del poder empezará a cobrar las facturas que lo tienen con tan baja popularidad.

La vieja generación del PRI no aportó, fue una especie de mueble de antigüedad que hace ver más elegante y con confianza a ese edificio recién inaugurado.

Por su parte, la nueva generación de priistas, aquellos galantes gobernadores que se placeaban en cabalgatas sabatinas con Peña Nieto antes de que siquiera fuera candidato, se comieron la torta antes del recreo y hundieron a su Presidente.

El Revolucionario Institucional que inaugura el exdirector de la CFE, Enrique Ochoa, no tiene aún forma pero si tiene nuevo rostro. Uno “fresco” con pinta de tecnócrata y con un reto mayúsculo, ganar o perder el 2018. 

Lo que el Presidente puede ganar es ese lugar en la historia de cerrar bien su administración y más aún consolidarse como un líder unificador. Por que en la hoguera política actual, los individualismos en los partidos -incluyendo el PRI- no sólo devalúan a las instituciones políticas pero dejan con casi nula credibilidad al sistema. Pavimentando  así el camino a los símbolos antisistema, ya sea en forma de populismos broncos, independientes, revolucionarios o liberales.

Por ello que con la llegada de Enrique Ochoa al tricolor y el retorno de Enrique Peña, el ajedrez del poder rumbo al 2018 toma una nueva dimensión, quizás de lo desconocido.