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Opinión
Índira Kempis

La primera vez que se escuchó esta frase fue en una reciente protesta. Sin embargo, el cambio climático está en el ojo del debate público una vez que la evidencia científica durante décadas nos ha demostrado que las variaciones del clima están afectando negativa y considerablemente la sobrevivencia del planeta.

Los “oídos sordos” de quienes han tomado decisiones en lo público y lo privado, hizo crecer lo que podría haber sido evitable. Es por eso que algunas de mis reflexiones, mientras me encuentro en la COP25 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2019) giran alrededor del sentido de urgencia y la prisa.

Porque es precisamente esto lo que deriva las demandas de quienes nos demuestran más madurez y seriedad frente a las soluciones que debemos crear para frenar la crisis: las y los niños y jóvenes de todo el mundo.

Una de ellas, Greta Thunberg, quien también se encuentra en esta conferencia, es el referente global. Las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir padeciendo las consecuencias de las decisiones que están postergadas para hacer posible la calidad de vida de la humanidad y el planeta. De ahí que el nivel de demandas sea en proporción a la emergencia.

Por eso, la resistencia de Greta y otros de su generación es tan importante. Han podido hacer visible lo que por años no lo fue. Hoy, la niña que comenzó a no ir a la escuela los viernes en protesta y generó un movimiento llamado Fridays For Future de infanta y nueve tildes involucradas en cambiar esta catástrofe, es la persona del año para la emblemática portada de la revista TIME, pero más allá, es la voz con mayor convocatoria global para hacer algo más que sólo debatir el tema sin tomar acción alguna.

¿Cómo no mostrar inconformidad y rebeldía sobre quienes no asumieron ni antes ni ahora su responsabilidad sobre el futuro del planeta? En esta COP hay muchos jóvenes que no rebasan los 20 años insistiendo en lo mismo: ¿Cuándo van las y los políticos a hacer algo?

Lo que parece que se perdió en todas estas décadas fue el sentido de urgencia. Y eso es, precisamente, lo que debemos recuperar. Estudios, investigaciones, proyectos, tecnología, eso con o sin permiso, están concretándose gracias a gente que se moviliza, pero que también hace por voluntad, genialidad o conciencia de las implicaciones ambientales en dónde está en juego la supervivencia humana. No obstante, perdimos el sentido de la prisa. El hecho de que no podemos esperar.

El economista Jeffrey Sachs también lo refiere con mayor claridad: si hay algo que sostiene a la emergencia climática es un sistema político corrupto. Al que, por supuesto, –esto es mi agregado personal– le conviene no tener prisa.

Las generaciones anteriores dejaron de darle importancia a lo urgente. A una real crisis y emergencia climática global que empieza a cobrar las facturas del pasado a manera de migraciones forzadas, destrucción de la biodiversidad como desigualdades económicas cada vez más graves.

El mensaje está bien dirigido. Las y los políticos son clave para redefinir el rumbo de las decisiones sobre el futuro del planeta. Abandonar la simulación y comenzar a hacer demostraría que también a la política ha llegado una nueva generación que no está dispuesta a esperar.

Porque esto ¡es una emergencia climática que merece nuestra prisa!


* Esta opinión no refleja la del periódico

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