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Opinión

Margaret Atwood, reconocida escritora de ciencia ficción por su aclamada novela “The Handmaiden’s Tale”, menciona una frase: “Al final, todos nos convertimos en historias”.

Para bien o para mal, esa presunción es cierta. Por parte del colectivo, nuestra vida se resume en la historia sobre ella. Ya sea por cómo nos relacionábamos con nuestra familia, nuestros hábitos, nuestros actos o cómo nos definimos ante los demás. Las actividades que dejamos de hacer solo se quedarán en nuestras cabezas, o en las de quienes les contamos nuestras aspiraciones. Sin embargo, al final del día, lo escrito en la lápida, de una forma literal o metafórica, es lo óptimo, el impacto de nuestras vidas en el espectro conocido. Esa presión de ser alguien para otro puede acabar con nosotros, o hacernos crecer si no nos obsesionamos con ello.

Deriva de la pregunta: ¿qué somos para las personas? ¿Qué rol ocupamos en sus historias?

Queremos ser protagonistas de todo, mas eso no tiene cabida

Al relatarnos, y escuchar los relatos de los demás, obtenemos una reconstrucción, una forma de evolución, donde, si está bien realizada, además de si se apega a alguna vivencia o nos provoca empatía por algo completamente ajeno, nos hace crecer. Evadimos de forma consciente y enfrentamos de forma inconsciente. Es muy distinto encarar las cosas de forma directa, a examinar, mediante desvíos, la experiencia humana.

Para eso existe la imaginación, para hacer exposiciones de temas complejos de formas digeribles, educativas y entretenidas. Por tal motivo no nos cansamos de las mismas historias, del “viaje del héroe” porque, en términos simples, aunque los detalles cambien, se trata de un recordatorio de la adaptación en nuestra vida.

Para quien no está familiarizado, o por lo menos no de forma literal, con esta estructura dramática construida por Joseph Campbell, tal esquema consiste en 12 pasos, resumidos así: el héroe tiene un objetivo, debe romper los obstáculos para cumplir dicha meta, y regresa a su lugar de origen con una enseñanza. Crece, se convierte en otro.

Los seres humanos pasamos por un viaje del héroe todo el tiempo: idealmente alcanzamos la meta deseada y, al sobrepasar los obstáculos para cumplirla, aprendemos algo de nosotros mismos. Este es un cuento de nunca acabar, porque, si viéramos la vida entera como un viaje del héroe, dentro de ella existirían otros más pequeños. Así, envueltos en esos, se encontrarían otros más chicos, y de esta forma sucesivamente.

Por ejemplo, la meta grande a cumplir en nuestra vida es construir una casa en Las Lomas. Para lograrlo, primero pasamos el examen de admisión de arquitectura en una universidad, terminamos la carrera, conseguimos un trabajo que nos enseñe a construir casas, ahorramos y luego, con ese dinero, construimos la casa como la quisimos. Cada paso para lograr ese objetivo final tendrá sus obstáculos, y nos hará cambiar, llevarnos algo. Quizá, a la mitad del camino, fracasemos, porque nos equivocamos de objetivo final, o nos dimos cuenta que teníamos otros intereses. Pero al final esos fueron rivales dentro de nuestro camino para conocernos.

Como siempre cambiamos, el viaje del héroe jamás termina, hasta llegar a la muerte. Mas el final, aunque no esté presente para todo mundo, será una gran historia, donde causaremos un impacto a alguien. A través de ellas nos definimos, crecemos y entendemos al otro.

Quizá todas sean distintas, pero, para trascender, queremos completar ese viaje, junto con llegar a la realización máxima.

Pues, como dijo la escritora Atwood, todos nos volvemos historias. Habrá tanto buenas como malas experiencias. De cómo las percibimos, y crecemos a partir de ellas, es de qué calidad será la nuestra para el interior, así como para el exterior.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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