¿Cuántas veces en la vida nos hemos topado con personas que nos hacen sufrir y pensamos que por alguna razón se han propuesto hacernos la vida imposible?

Cuando una persona te hace sufrir, es porque sufre profundamente y su amargura se está proyectando sobre ti. Esa persona no necesita ningún castigo, rechazo o distancia, lo que realmente necesita es ayuda. Ese es el mensaje que te está enviando.

Una persona feliz no puede hacer otra cosa más que extender su felicidad. Pero una persona infeliz no soporta ver felices a los demás y muchas veces puede culparlos de su malestar.

En la vida todos hemos estado en ambos lados. A veces hemos sido nosotros los que estamos en una guerra contra el mundo y sentimos que todos están queriéndonos atacar, cuando en realidad somos nosotros los que al vibrar en esa frecuencia atraemos situaciones que no deseamos. Atraemos negatividad y, obviamente, nuestras expectativas son imposibles de cumplir. 

Se nos puede ir la vida esperando que los demás cambien, que entiendan cómo nos gustaría ser tratados, que actúen acorde a nuestras expectativas y que hasta nos adivinen el pensamiento. 

Vamos a suponer que un papá culpa a su hijo de su infelicidad porque resulta que el hijo no estudió lo que él hubiera querido. El padre justifica su malestar porque piensa que la empresa que tanto le costó crear morirá junto con él, en vez de trascender por generaciones.

La realidad es que el hijo pudo haber estudiado lo que su papá quería y hacerse cargo de la empresa, pero el padre hubiera encontrado otra razón más para justificar su infelicidad. 

Pero lo más triste de este caso es que el padre con sus exigencias desgastó la relación con su hijo y vivió creyendo que para ser feliz, era su hijo el que tenía que cambiar. Así desgastamos la relación con la pareja, el empleado, el vecino o quien esté a nuestro alcance.

Quejas, críticas, falta de paciencia y tolerancia con los demás, “victimismo” y depresión, son solo algunos síntomas de quien no es feliz. 

Atacan a quienes no cumplen con sus expectativas y los culpan de su malestar; son negativos, inflexibles, demandantes, meticulosos y les molesta el sentido del humor de los demás. Convivir con alguien así puede ser un infierno. 

En cambio las sonrisas, el positivismo, el entusiasmo, la aceptación y el amor son cualidades de quienes eligen la alegría.

No es que todo en su vida sea perfecto, sino que aceptan las situaciones y a las personas como son. Se enfocan en las soluciones y se convierten en la compañía preferida de todos.

Cuando dependemos de lo que pasa afuera para ser felices, nuestra dicha va a ser siempre pasajera ¿cuánto nos dura el gusto cuando compramos un carro nuevo o cuando por fin pudimos vengarnos de quien nos hizo daño? 

En cambio, cuando nos enfocamos en encontrarla adentro de nosotros puede ser eterna.

Las dificultades o problemas siempre van a existir en nuestra vida, pero les aseguro que si se enfocan en lo bueno y valoran lo que tienen, la carga es mucho menos pesada, su vida será mucho más placentera y sus relaciones mucho más saludables.

Por otro lado, si nos toca lidiar con personas que están sufriendo y nos muestran su infelicidad, nuestra tarea solo es extender amor. 

Vamos a enfocarnos en las cualidades de esa persona y, sin decir nada, bendecirla en vez de juzgarla.

Les aseguro que al conocer mejor su historia nos será más fácil ser empáticos. 

Les recomiendo que cuando tengan que lidiar con una persona así, hagan su ego a un lado. 

No hace falta decir nada, si nos comunicamos desde el ser, estamos comunicándonos en otro nivel que toca el corazón de la persona, practicando esta comunicación su relación se transformará.

Es en este lugar, lejos de los juicios y conectados a la fuente divina del amor donde no podemos sufrir ni hacer sufrir a nadie.

Y como dijo Facundo Cabral: “Ser feliz es una obligación, porque si no, te la pasas jodiendo a todos los del barrio…”.