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Opinión

El internet trajo consigo múltiples herramientas para conocer el mundo, compartir nuestra información y fue un parteaguas para una revolución cibernética sin precedentes. Sin embargo, como todo invento importante, sus grandes beneficios también traen consigo enormes consecuencias.

Una de las mayores preocupaciones con el avance tecnológico ha sido el tema de la privacidad, cada vez más puesto en duda. Se le dan más posibilidades al consumidor de simplificar su vida mediante aplicaciones, como el uso de la moneda electrónica para adquirir artículos sin la necesidad de efectivo o tarjeta de crédito, el reconocimiento facial para desbloquear el teléfono, pedidos de comida a domicilio, así como miles de opciones de entretenimiento, para que las disfrute, como servicios de streaming, juegos descargables desde el celular, herramientas para hacer más productivo el tiempo de ocio, entre otros. A pesar de sus ventajas, las empresas capaces de ofrecer dichos servicios buscan algo a cambio: la información de sus usuarios.

Estamos en una época donde los datos de los internautas son unos de los bienes predilectos, tales como el oro, e inclusive el petróleo. Para la gente mayor a por lo menos 15 años, se realiza una acción consciente (o aunque sea una noción de ella) de “entregar tu alma al diablo” para gozar de los contenidos que ofrece el ciberespacio, aparte de manejar sus perfiles de la forma más responsable posible. ¿Pero qué hay del sector infantil? ¿Son ellos capaces de digerir, así como indagar, en las repercusiones de entregar su personalidad a la red?

Las represalias han comenzado. YouTube, una de las empresas estrella en contenido digital, en donde el usuario comparte videos de ene cantidad de temas, ha sido sancionada por la Comisión Federal de Comercio de Nueva York (FTC, por sus siglas en inglés) y tendrá que pagar alrededor de 170 millones de dólares por violar la privacidad de los niños hasta de 13 años, cuyo acceso a este tipo de contenido debe ser supervisado por sus padres.

La manera como la plataforma no tomó conciencia de sus actividades se divide en dos principales vertientes.

En primera, se refiere a la publicidad enfocada al público infantil. Para un adulto es más sencillo discernir qué producto es conveniente para él, pese a estar bombardeado con anuncios basados en su historial de búsqueda, consumo de música y de material audiovisual. Los pequeños, en cambio, resultan fácilmente influenciados por las grandes corporaciones, en especial cuando los comerciales están determinados por qué tipo de contenido les gusta seguir. Tal caso provoca una mala influencia para la joven audiencia. YouTube Kids, la subdivisión enfocada a este sector, no hace eso, mas sí recolecta información privada sin su conocimiento.

En segunda, está un caso más grave, no necesariamente culpa de YouTube, pero que no se revisó con cautela. Gracias a los comentarios en los videos, los pedófilos pueden engatusar, mediante burlas al sistema de protección de la plataforma, a sus víctimas. Además, pueden encontrar videos de niños en bikini, por ejemplo, subidos al canal, debido a una falta de cuidado en los algoritmos.

La empresa, asociada a Google, ha tomado cartas en el asunto. Implementará medidas severas, como prohibir el uso de comentarios en cualquier visual donde aparezcan niños.

El daño ya está hecho.

En el mundo actual, las amenazas en contra del bienestar de los infantes incrementa, aparte de su posibilidad de expandir su conocimiento mediante el uso de la tecnología. YouTube es sólo un ejemplo, pero ¿qué hay de TikTok?, la aplicación para ver videos musicales caseros. ¿O Facebook?, conocida por exponer al usuario a distinto tipo de contenido político. ¿O Instagram?, donde se exhibe también toda clase de cuentas dudosas. Si las empresas comienzan a rectificar sus límites, los niños estarán menos expuestos a caer en las tentaciones del bajo mundo. Si no, las consecuencias podrían ser terribles.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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