El 11 de febrero del 1917 Antonio Gramsci, filósofo, teórico, periodista y miembro del partido socialista italiano escribió refiriendo a Friedrich Hebbel, que… «vivir significa tomar partido, quien realmente vive, no puede no ser ciudadano, no debe no tomar partido, en tanto que la indiferencia es apatía, parasitismo, cobardía, no es vida, por eso odio a los indiferentes»

La indiferencia social es un mal endémico que infecta severamente la vida en sociedad, es silenciosa, progresiva, determinante en las consecuencias.
Lo que ocurre en casi cualquier campo de la vida es consecuencia de la acción o inacción que antecede el suceso.

Mas adelante Gramsci agrega: «Lo que ocurre, no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque, la masa de los hombres, abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, dejar subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar»

Los indiferentes creen que pueden escapar de las consecuencias de su desdén, pero tal interpretación no es correcta porque ellos también sufren los daños de su flemática actitud.

La indiferencia resta, sin embargo, desde la perspectiva ciudadana, ¿que tanto importa a los ciudadanos el desempeño de gobernantes y legisladores, acerca de las decisiones que toman, del sentido de sus votos, de la forma en que distribuyen el presupuesto nacional, cómo gastan el dinero de la sociedad?… pienso que debería importarles lo suficiente para no dejar el rumbo nacional a la deriva.

Entonces qué pasa con los ciudadanos en general: ¿asumen la postura de observadores propositivos, críticos, activos, o la condición simple de ocupantes, que no habitantes, de la ciudad, inquilinos ausentes y ensimismados con sangre de horchata, de los que solo esperan que alguien toque a la puerta de su casa trayéndoles algún beneficio?

Parece necesario rehabilitarnos de la «ceguera moral» que nos afecta seriamente, definida así por Zygmunt Bauman y Leonidas Donski, cuando analizan «la pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida» que se revela en la cotidiana insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás.

Los desafíos para nuestra sociedad son inmensos, indispensable es afrontarlos. Comprender que si creemos que un mundo mejor sí es posible, requerimos entonces encontrar nuevos modelos de compromisos y actitudes de los ciudadanos.

Generar nuevas ideas nos permitirá coexistir en armonía, cooperar, contribuir decididamente para rescatar la esperanza de que si podemos
co-crear entre todos los componentes de la sociedad una mejor calidad de vida para el planeta y para nosotros mismos.

Requerimos dejar atrás entonces, creencias mediocres que encarcelan la mente de la gente, que encierra a los individuos detrás de la puerta falsa de la indiferencia.

Transitar por estos tiempos de enfermedad, pobreza, desigualdad, injusticia y crisis democrática, exige dignidad, sostenibilidad, justicia y corresponsabilidad ciudadana, como consignas para construir el mejor futuro para la humanidad, pero sobre todo, dar la espalda a la indiferencia.

La responsabilidad implica aplicar el mas fuerte sentido de responsabilidad y solidaridad ciudadana, estimular el ethos de la cooperación como mística y compromiso entre la población, para configurar el mundo que necesitamos.

Los tiempos que vivimos en México y en el mundo reclaman lo mejor de su comunidad.

No hay excusa ni justificación. Al final de cuentas somos la suma de las decisiones que tomamos, así como también en sociedad obtenemos la suma de lo que hacemos o dejamos de hacer.

Los ciudadanos de conciencia activa tienen la palabra.