Érase una vez en un lugar no tan lejano en donde… No, este no es un cuento. Esto más bien es la sorpresa con la que la sociedad regiomontana está conviviendo todos los días en la jornada electoral.

En las mesas de ocasión se incita a la rebeldía para “acabar el bipartidismo”, también a “votar por el menos peor”, o bien, no hacer nada porque “no sirve”. 

La única certeza que se percibe es la duda. Pocos se aferran a creer, y si lo hacen apelan a su espíritu fanático. 

La “granja” no era “arisca. La hicieron a palos”. 

Durante las últimas décadas, Nuevo León se ha enfrentado a dos de sus peores crisis que debilitaron lo que se consideraba el bastión de la economía mexicana. 

Así, entre su guerra contra el narcotráfico que dejó heridas abiertas hasta la fecha, y la huida y fractura de los capitales mexicanos como extranjeros, han impactado gravemente en la calidad de vida. 

Pero entre líneas y, para eso no se estudia, los habitantes sobreentienden que esos dos problemas en realidad son sólo síntomas relacionados con la impunidad, la desigualdad y la corrupción, no importando el orden. 

Por eso, muchos estén sacando su furia, a veces desmedida, pero existe. Porque el “modelo” de estado que era a nivel nacional comenzó a desmoronarse ante el desnudo de quienes han creado la situación en la que estamos. Esto, en todos los sentidos. 

En la “granja” nos aventamos la culpa. Porque hasta eso, en una sociedad mayoritariamente cristiana no se habla de responsabilidades, sino de culpas. Hay, los más puritanos que se eximen. 

Pero no, cuando uno ve la fotografía grande, te das cuenta que todos hemos asumido una actitud cobarde ante esta situación. 

Por cobardía no digo eso de salir a gritar “eres un yasabesqué”, sino en hacer por medio de la acción lo que queremos para transformar. 

Y así, entre la frustración que cargamos, aparecen en la “granja”, el Pato y el Bronco. El Pato hace “cuac cuac” y el Bronco hace “yijaaaa” y suena encantador. 

Sabemos en el fondo que también quisiéramos hacer lo mismo cuando estamos hartos, cansados, impotentes.

En la narrativa, es decir, en la forma, en el verbo, lo simbólico, se vacía el coraje provocado por la clase política indolente –con sus respectivas excepciones poco visibles, por cierto- de la que, por cierto, el Bronco fue parte, pero a sus seguidores poco parece importarles. 

De hecho, por esos cuestionamientos tiene vetado a este periódico (se me fue el reclamo, lo siento). Y el Pato no cuenta con estudios profesionales ni experiencia, pero eso tampoco a sus fans parece importarles. Él no tiene vetado a nadie, pero hay quienes lo tienen vetado a él. 

El Pato y el Bronco desnudan lo popular, eso “kitch” de sus palabras que mi abuela les mandaría a “lavarse la boca con jabón”, hacen que la identificación del llamado “pueblo” tenga mucho más afinidad que ningún otro. 

El resto sigue hablando, moviendo y vistiéndose como se los recomiendan los asesores: acartonados hasta el punto de sentirse irreales. Ni hablemos de propuestas porque eso se cuece aparte.

Pero el Pato y el Bronco tienen ese lenguaje que seduce abiertamente hacia la hombría. Reproducen el estereotipo que encanta a mujeres, pero más a los hombres. 

Saca, por ende, lo macho –entiéndase según el contexto de cada quien-. Exprese lo que piensa, diga lo que sienta, cuando lo sienta y como lo piense. Eso, para bien o para mal, aporta. 

Abona para que al menos la granja salga de su verbo de confort y comience, como quien va a terapia, sobre eso que le inquieta. 

En la granja, el Pato y el Bronco,  bajo el casi nulo apoyo del erario, de la estructura organizacional, con un par de cuentas en las redes sociales, están causando “agruras” a más de una persona.

 Y son lo más divertido de la granja. La sal y la pimienta. Probablemente no ganen, quizá sí. 

En este momento, como diría un amigo, no soy adivina. 

Pero, lo cierto, es que nos están rompiendo el paradigma haciendo otro de nuestro propio vacío de liderazgo colectivo. Ese que tanto le hace falta a la granja.